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11
Agosto

La caída de bombas y la amenaza explícita de volverlo a hacer es un delito que ha dado a luz a una nueva especie de imperialismo.

El 6 y el 9 de agosto millones de personas conmemoran el 70 aniversario de los bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagasaki con eventos en todo el mundo. Algunos celebran el reciente acuerdo en el que Irán se comprometió a no buscar armas nucleares y a cumplir con el Tratado de No Proliferación, requisitos no impuestos a ninguna otra nación.

Sin embargo, aquellas naciones que tienen armas nucleares están violando el TNP al no desarmarse o dejando de construir más (Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, Francia, China, India), o se han negado a firmar el tratado (Israel, Pakistán, Corea del Norte). Mientras tanto, nuevas naciones están adquiriendo energía nuclear a pesar de poseer una gran cantidad de petróleo y / o algunas de las mejores condiciones para energía solar en la tierra (Arabia Saudita, Jordania, Emiratos Árabes Unidos).

Misiles nucleares que contienen más que todo el poder de bombardeo de la Segunda Guerra Mundial en una sola bomba están apuntando a miles de personas en Rusia desde los Estados Unidos y viceversa. Tan solo 30 segundos de locura de un presidente de Estados Unidos o Rusia podría eliminar toda forma de vida en la tierra; todo el tiempo, los Estados Unidos está jugando juegos de guerra en la frontera de Rusia. La aceptación de esta locura como una rutina normal es parte de la continua explosión de esas dos bombas, iniciada hace 70 años y rara vez entendidas correctamente.

La caída de las bombas y la amenaza explícita de volverlo a hacer es un delito que ha dado luz a una nueva especie de imperialismo. Los Estados Unidos han intervenido en más de 70 países (http://thirdworldtraveler.com/Blum/US_Interventions_WBlumZ.html), más de uno por año desde la Segunda Guerra Mundial, y ahora han llegado al punto de partida al volver a militarizar Japón.

La historia de la primera militarización estadounidense de Japón fue llevada inicialmente a la luz por James Bradley. En 1853 la Armada de Estados Unidos obligó a Japón a abrir sus puertas a los comerciantes, misioneros y el militarismo estadounidense. En 1872 el ejército estadounidense comenzó a capacitar a los japoneses en cómo conquistar otras naciones, con un ojo puesto en Taiwán.

Charles Legendre, un general estadounidense que entrenaba a los japoneses en los caminos de la guerra, propuso que se adopte una Doctrina Monroe para Asia – es decir, una política de dominar Asia en la misma forma en que Estados Unidos dominó su hemisferio. En 1873 Japón invadió Taiwán con asesores militares y armamento estadounidense. Corea fue el siguiente país en la lista, seguido por China en 1894. En 1904, el presidente estadounidense Theodore Roosevelt alentó a Japón para que ataque a Rusia. Pero él rompió una promesa hecha a Japón al negarse a hacer público su apoyo a la Doctrina Monroe, y respaldó la negativa de Rusia a pagar un centavo al Japón después de la guerra. El imperio japonés comenzó a ser visto como un competidor en lugar de un colaborador, y el ejército de Estados Unidos pasó décadas planificando una guerra contra Japón.

El presidente Harry Truman, que ordenaría los bombardeos nucleares en 1945, le dijo al Senado de Estados Unidos el 23 de junio de 1941: "Si vemos que Alemania está ganando, debemos ayudar a Rusia, y si Rusia está ganando debemos ayudar a Alemania, de esa manera dejamos que se maten el mayor número posible". ¿Valoró Truman las vidas japonesas por encima de las vidas rusas y alemanas? No hay nada que sugiera que así lo hizo. Una encuesta del Ejército de Estados Unidos en 1943 indicó que aproximadamente la mitad de todos los soldados en el ejército creían que sería necesario matar a cada japonés en la tierra. William Halsey, que mandaba las fuerzas navales en el Pacífico Sur, prometió que cuando la guerra haya terminado el idioma japonés se hablara sólo en el infierno.

El 6 de agosto de 1945, el presidente Truman anunció: "Hace dieciséis horas un avión estadounidense dejó caer una bomba sobre Hiroshima, una importante base militar japonesa". Por supuesto que era una ciudad, no una base del ejército en absoluto. "Habiendo encontrado la bomba la hemos utilizado", declaró Truman. " La hemos utilizado contra los que nos atacaron sin previo aviso en Pearl Harbor, en contra de los que han matado de hambre y golpeado y ejecutado a prisioneros de guerra, y en contra de los que han abandonado toda pretensión de obedecer el derecho internacional de la guerra". Truman no dijo nada acerca de la reticencia o el precio necesario para poner fin a la guerra.

De hecho, Japón había estado tratando de rendirse durante meses, incluso en un cable que los japoneses enviaron a Stalin el 13 de julio, y que Stalin lo leyó a Truman. Japón sólo quería mantener a su emperador, términos a los que los Estados Unidos se negaron incluso después de los bombardeos nucleares. El asesor de Truman, James Byrnes, quería que las bombas sean lanzadas para terminar la guerra antes de que la Unión Soviética pueda invadir Japón. De hecho, los soviéticos atacaron a los japoneses en Manchuria el mismo día del bombardeo a Nagasaki y los vencieron. Los EEUU y los soviéticos continuaron la guerra contra Japón durante semanas después de Nagasaki.

La Encuesta de ‘Bombardeo Estratégico de Estados Unidos’ llegó a la conclusión que, "... sin duda antes del 31 de diciembre de 1945, y con toda probabilidad antes del 1 de noviembre de 1945, Japón se habría rendido incluso si no hubieran caído las bombas atómicas, aunque Rusia no hubiera entrado a la guerra e incluso si una invasión habría sido planeada o prevista". Un opositor a los bombardeos nucleares y que había expresado este mismo punto de vista a la Secretaría de Guerra antes de los bombardeos fue el general Dwight Eisenhower. El Presidente de los Jefes del Estado Mayor, almirante William D. Leahy estaba de acuerdo. "El uso de esta arma bárbara en Hiroshima y Nagasaki no fue de ninguna ayuda material en nuestra guerra contra Japón, los japoneses ya estaban derrotados y listos para rendirse".

La guerra no había terminado. Se puso en marcha el nuevo imperio norteamericano. "La repulsa contra la guerra... será un obstáculo casi insalvable de superar para nosotros", dijo el CEO de General Electric Charles Wilson en 1944. "Por eso, estoy convencido de que debemos empezar ahora a poner la maquinaria en marcha para un economía de guerra permanente”. Y así lo hicieron. Aunque las invasiones no eran nada nuevo para el ejército estadounidense, comenzaron en una escala completamente nueva. Y la siempre presente amenaza del empleo de armas nucleares ha sido una parte clave de la misma.

Truman amenazó con bombas nucleares a China en 1950. El mito desarrollado, de hecho, del entusiasmo de Eisenhower por atacar con armas nucleares a China llevó a la rápida conclusión de la Guerra de Corea. La creencia en ese mito llevó al presidente Richard Nixon, décadas más tarde, a imaginar que podría poner fin a la guerra de Vietnam fingiendo ser lo suficientemente loco como para usar bombas nucleares. Lo más preocupante es que en realidad era lo suficientemente loco. "La bomba nuclear, ¿te molesta?...Yo sólo quiero que pienses en grande, Henry, por amos de Dios", le dijo Nixon a Henry Kissinger en la discusión de opciones contra Vietnam. ¿Y cuántas veces han recordado a Irán que "todas las opciones están sobre la mesa"?

Una nueva campaña para abolir las armas nucleares está creciendo rápidamente y merece nuestro apoyo. Pero hoy en día, Japón está siendo re-militarizado. Y una vez más, el gobierno estadounidense imagina que los resultados de la militarización serán de su agrado. El primer ministro, Shinzo Abe, con el apoyo de Estados Unidos, está reinterpretando este lenguaje en la Constitución japonesa:

"[E]l pueblo japonés renuncia para siempre a la guerra como derecho soberano de la nación y a la amenaza o al uso de la fuerza como medio de solución de las controversias internacionales...por [T]ierra,  mar, y las fuerzas del aire, así como cualquier otro potencial bélico, no se usará".

La nueva "reinterpretación", lograda sin necesidad de modificar la Constitución, sostiene que Japón puede usar por tierra, mar y las fuerzas aéreas, así como otro potencial bélico, y que Japón utilizará la guerra o amenaza de guerra para defenderse, y para defender a cualquiera de sus aliados, o tomar parte en una guerra autorizada por la ONU en cualquier lugar de la tierra. Las habilidades de "reinterpretación" de Abe harían ruborizar a la Oficina de Asesoría Jurídica.

Comentaristas estadounidenses se refieren a este cambio de la política de Japón como "normalización" y están expresando su indignación por el hecho de que Japón no haya participado en ninguna guerra desde la Segunda Guerra Mundial. El gobierno de Estados Unidos ahora esperará la participación de Japón en toda amenaza o uso de la guerra contra China o Rusia. Pero junto con el regreso del militarismo japonés también regresa también el auge del nacionalismo japonés, y no existe devoción japonesa al gobierno de Estados Unidos. Incluso el nacionalismo japonés no es débil en Okinawa, donde el movimiento para desalojar a las bases militares estadounidenses se hace más fuerte cada día.

Al re-militarizar Japón, en lugar de desmilitarizarlo, los Estados Unidos están jugando con fuego.

*David Swanson es un autor, activista, periodista y locutor de radio. Es director de WorldBeyondWar.org y coordinador de la campaña de RootsAction.org. Los libros de Swanson incluyen War Is A Lie. Es candidato al Premio Nobel de la Paz 

29
Junio

El gobernador de Alabama, Robert Bentley, ordenó bajar las cuatro banderas confederadas que ondeaban sobre el Capitolio de la capital estadual. Tras más de siglo y medio de concluida la Guerra Civil que conmovió y ensangrentó a Estados Unidos, ha sido habitual que la enseña confederada siga ondeando en los legislativos y edificios públicos de los que fueron estados secesionistas del Sur, derrotados en la contienda,. Como símbolo del odio racial que aún prevalece hacia la población negra y como objeto de admiración por parte de los que aún añoran la esclavitud.

La esencia del problema, evidentemente, es más profunda y no basta con bajar las banderas que se identifican con el odio de razas, históricamente una herida aún sangrante en ese país imperial. Sus promotores, como ha quedado plenamente demostrado, fueron siempre desde los momentos fundacionales, las clases dominantes de la raza blanca predominante en los estados del Sur, resistentes a los avances capitalistas desde el Norte y dispuestos al mantenimiento anacrónico y cruel a la vez, de la esclavitud a toda costa en aquellos vastos territorios.

La cruenta guerra civil de Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo XIX, todavía considerada como una de las más atroces que recuerda la historia de la humanidad, tuvo causas económicas y también sociales, convirtiéndose por ello su definición a favor de los estados del Norte en un acontecimiento con repercusiones universales en cuanto a la consolidación del capitalismo como sistema.

La prolongación, sin embargo, de una sociedad nítidamente dividida en clases sociales diferentes y desiguales no podía contribuir para nada a cerrar aquella herida abierta por la guerra civil y, contrariamente, algunos estudiosos opinan que la profundizó hasta nuestros días.

Las leyes sobre los derechos civiles obtenidas en la década de los 60 no lograron ponerle fin en la práctica cotidiana,- sobre todo en los mencionados estados del Sur,- y ni siquiera la elección de un presidente negro en dos ocasiones y por vez primera, ha podido poner fin a las diversas expresiones racistas, más bien ha exacerbado a los elementos más violentos y criminales, tal como se viene comprobando en los meses recientes,, día tras día.

No es casual que diversas investigaciones sociológicas y estudios realizados dentro del propio país y recogidos por medios de prensa alternativos, lleguen a la conclusión de que Estados Unidos se ha convertido en una sociedad catalogada como estructuralmente violenta, donde prevalece ese método para la imposición de criterios, posiciones y aspiraciones de todo tipo.

A la atmósfera imperante dentro del país -agregan los observadores- debe añadirse la constante participación en el exterior en guerras de agresión, invasiones y ocupaciones que vienen desde la misma fundación de la Unión y su expansión territorial, formando generaciones enteras -unas tras otras- en medio de la crueldad, la devastación, el armamentismo y la muerte.

Por supuesto que solo arriando la odiosa bandera confederada no se resuelve este gravísimo problema que pone en riesgo el futuro de la sociedad estadounidense.

31
Mayo

El destacado académico y politólogo Noam Chomsky aseguró que el derecho internacional no puede ser ejecutado contra las grandes potencias: “Cuando Estados Unidos invade, mata a unos cientos de miles de personas, destruye el país, provoca conflictos sectarios que ahora están destrozando Irak y la región, es la estabilización”. Pero si alguien se resiste “es la desestabilización”, según Rusia Today.

Es decir, los acuerdos internacionales estarían sujetos a la ley de la selva. Incluso ni aún una potencia como Rusia puede dormirse en los laureles porque puede amanecer con una copia al carbón de la “Primavera árabe”, que es algo así como abrir la Caja de Pandora.

El presidente Vladímir Putin aseguró recientemente que Rusia se enfrenta a los mismos intentos de aplicar los métodos que se han implementado en las llamadas “revoluciones de color” en otros países: que van desde la “organización de acciones callejeras ilegales, hasta “la instigación a la discordia y el odio en las redes sociales” con el fin de subvertir el orden establecido.

Las fuerzas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) avanzan hacia las fronteras rusas; mientras acusan a Moscú de activar “conflictos congelados” con el fin de frenar la integración a la Unión Europea y la OTAN de países que habían estado en la esfera de influencia del Kremlin.

Para el secretario general del bloque atlántico, Anders Fogh Rasmussen, ese habría sido uno de los motivos para la anexión de Crimea a Rusia y “desestabilizar el este de Ucrania”. Por supuesto, Putin respondió con una acción que, estoy seguro, estaba en carpeta hacía tiempo en espera de una agresión de esa naturaleza.

Es necesario apuntar que según la Carta de la OTAN ningún país en conflicto puede ingresar al bloque mientras no “resuelva sus problemas territoriales con sus vecinos”. Sin duda Rusia, que no milita en la quimera, aprovechó el fundamento expreso de la Alianza Atlántica para anexarse el importante enclave envuelto en una “disputa internacional”; y plantar un reto frente al asedio de quienes califican al Gobierno moscovita como un enemigo.

En la concepción estratégica para su desarrollo futuro y ante las sucesivas sanciones de Estados Unidos y la OTAN, el Kremlin acudió a China y firmó en octubre de 2014 una treintena de acuerdos durante una visita a Moscú del primer ministro chino Li Keqiang. Entre ellos, figura el de cooperación a largo plazo sobre el gasoducto Fuerza de Siberia. El costo de la obra asciende a 400,000 millones de dólares y tiene como meta llegar a los 38,000 millones de metros cúbicos anuales.

Rusia y China suscribieron además un acuerdo de transferencia de divisas nacionales por valor de 25,000 millones de dólares, lo que sería un primer paso para el fomento del comercio bilateral en rublos y yuanes. La línea de transferencia de 150,000 millones de yuanes u 815,000 millones de rublos, que permitirá que ambos países adquieran divisas de su socio comercial sin necesidad de recurrir a los mercados internacionales, tiene un tiempo limitado, pero puede ser prorrogado.

Sin embargo, en una expansión “no territorial”, Moscú viene tejiendo una importante red de relaciones para fortalecer los mecanismos de diálogo político, la concertación y cooperación con las estructuras de integración en América Latina y el Caribe.

No pocos analistas consideran a Rusia como un “actor principal de las relaciones internacionales en la construcción de una agenda global democrática”, mientras levanta las banderas del multilateralismo y el establecimiento de la paz mundial.

El tablero internacional se sostiene sobre un tensor inestable, que inevitablemente requiere al menos el beneficio del equilibrio.

28
Mayo

Es asombroso como cada semana se presentan acciones judiciales en varias partes del mundo contra el sector financiero por delitos e irregularidades, sin que se registre una reacción considerable por parte de la opinión pública.

Es sorprendente, porque esto pasa en medio de una crisis muy grave, con altos índices de desempleo, trabajo precario y un aumento sin precedentes de las desigualdades, lo que en buena medida puede atribuirse a las finanzas especulativas.

Todo comenzó en 2008 con la crisis hipotecaria y el estallido de la burbuja de los derivados financieros en Estados Unidos, seguido por la explosión de la crisis de la deuda soberana en Europa.

Cabe destacar que hasta ahora, las multas acumuladas impuestas desde 2008 por el gobierno de Estados Unidos tan solo a cinco grandes bancos, ascienden a 250.000 millones de dólares. Pero ningún banquero ha ido a la cárcel, las multas han sido pagadas y el problema ha sido sepultado. Cabe preguntarse si todo esto se debe a la mala conducta de algunos administradores codiciosos, o a la nueva “ética” del sector financiero.

Se calcula que habrá que esperar al menos hasta 2020 para regresar a los niveles económicos existentes en 2008. Eso significa una década perdida. Para rescatar a los bancos, el mundo ha gastado en conjunto alrededor de cuatro billones (millones de millones) de dólares sustraídos a los contribuyentes. A modo de ejemplo, para rescatar al sector bancario, España ha destinado más dinero que el dedicado a su presupuesto anual en educación y salud. Y la historia continúa.

El 20 de mayo, cinco grandes bancos aceptaron pagar una multa de 5.700 millones de dólares a las autoridades de Estados Unidos por sus manipulaciones en el mercado de divisas. Los bancos son muy conocidos: los estadounidenses JP Morgan Chase y Citigroup, los británicos Barclays y Royal Bank of Scotland y el suizo UBS.

En el caso de UBS, el Departamento (ministerio) de Justicia de Estados Unidos adoptó la inusual medida de anular un acuerdo de no acusación que había pactado anteriormente, justificando este paso debido a los reiterados escándalos del banco.

“El UBS tiene un prontuario que no puede ser ignorado”, dijo la fiscal general adjunta, Leslie Caldwell.

Se trata de una desviación significativa de las directrices que el Departamento de Justicia emitió en 2008, según las cuales las consecuencias colaterales deben ser tomadas en cuenta en las acusaciones a las instituciones financieras. “La consideración de consecuencias colaterales está concebida para encarar el riesgo de que una acusación particular cause un daño desproporcionado a los accionistas, los titulares de pensiones y los empleados que no son ni siquiera presuntos culpables,” dijo Mark Filip, el funcionario del Departamento de Justicia que redactó el memorando de 2008.

Respecto al caso de la gigantesca compañía de auditoría Arthur Andersen, que avaló las falsificadas cuentas de la corporación de energía Enron, que posteriormente se declaró en quiebra, Filip dijo que “en última instancia, Arthur Andersen nunca fue condenada como culpable de nada, pero el mero hecho de acusarla, la destruyó.”

Bajo el revelador título de “Demasiado grande para caer”, esta fue de hecho una garantía de impunidad que no escapó a los administradores del sistema financiero.

El 11 de este mes, Denise L. Cote, jueza de la Corte Federal del distrito de Manhattan, condenó a dos grandes bancos, el japonés Nomura Holdings y el británico Royal Bank of Scotland, por estafar a dos instituciones públicas de hipotecas, conocidas como FannieMae y Freddie Mac, mediante la venta de bonos hipotecarios que contenían innumerables errores y tergiversaciones. Nomura Holdings y Royal Bank of Scotland fueron solo dos de los 18 bancos acusados de manipular el mercado inmobiliario. Los otros 16 llegaron a un acuerdo extrajudicial para pagar casi 18.000 millones de dólares en sanciones y evitar así que sus fechorías fuesen ventiladas públicamente.

El Royal Bank of Scotland y Nomura Holdings rechazaron un arreglo similar y demandaron al gobierno de Estados Unidos en los tribunales, argumentando que fue la crisis inmobiliaria lo que provocó el colapso de sus bonos hipotecarios. Sin embargo, la jueza Cote sentenció que fue precisamente el comportamiento delictivo de los bancos lo que había acentuado el derrumbe del mercado hipotecario.

Cabe destacar que hasta ahora, las multas acumuladas impuestas desde 2008 por el gobierno de Estados Unidos tan solo a cinco grandes bancos, ascienden a 250.000 millones de dólares. Pero ningún banquero ha ido a la cárcel, las multas han sido pagadas y el problema ha sido sepultado.

Cabe preguntarse si todo esto se debe a la mala conducta de algunos administradores codiciosos, o a la nueva “ética” del sector financiero. Es necesario recordar que recientemente fue revelado que 25 administradores de fondos de cobertura (hedge funds) cobraron el año pasado cerca de 14.000 millones de dólares y que el gestor mejor pagado entre ellos se adjudicó a sí mismo la astronómica cifra de 1.300 millones de dólares, equivalente a la suma de los salarios promedio de 200.000 profesionales estadounidenses.

La respetada Universidad de Notre Dame divulgó el 20 de mayo un informe alarmante, basado en una encuesta a más de 1.200 ejecutivos de fondos de cobertura, banca de inversión y otras áreas del negocio financiero de Estados Unidos y Gran Bretaña, en el que cerca de un tercio de los que ganan más de 500.000 dólares al año admitieron que “han sido testigos o tienen conocimiento directo sobre irregularidades en su lugar de trabajo.”

El informe de la universidad estadounidense incluso sostiene que “casi uno de cada cinco encuestados sienten que a veces los profesionales de servicios financieros deben involucrarse en actividades poco éticas o ilegales para tener éxito en el entorno financiero actual”.

A este respecto, casi la mitad de los profesionales de altos ingresos encuestados consideran que las autoridades son “ineficaces en la detección, investigación y enjuiciamiento de infracciones relativas a las ganancias”.

Una cuarta parte de los entrevistados afirmó que, si consideraban que no había ninguna posibilidad de ser arrestados por tráfico de información privilegiada para ganar unos 10 millones de dólares, pasarían esa información.

Casi un tercio “cree que las estructuras de remuneración o planes de bonificación en vigor en sus empresas podrían incentivar a los empleados a quebrantar la ética o violar la ley”.

También cabe señalar que la mayoría muestra temor ante su empleador, que probablemente optaría por “aplicar represalias contra los que informen sobre irregularidades en su empresa”.

Por lo tanto, el bono otorgado cada año a los funcionarios del sector financiero equivale prácticamente a un soborno por el silencio sobre la mala conducta. Los ejemplos de Wall Street y de la City de Londres serán cada vez más comunes a medida que se proyecten en el sistema financiero.

Una nueva “ética” se está instaurando y se propagará si no se interrumpe … y no es esto lo que está sucediendo.

Una nota final. En la misma tercera semana de mayo (¡cuántas cosas han sucedido en un corto espacio de tiempo!), la estadounidense Comisión Federal de Comercio presentó cargos a cuatro respetadas asociaciones estadounidenses dedicadas al combate del cáncer, por el uso indebido de millones de dólares de donaciones.

Una de ellas, el Fondo para el Cáncer de Estados Unidos, declaró que gastó cien por ciento de los fondos recaudados en atención médica, transporte de pacientes a sesiones de quimioterapia y compra de medicamentos para niños.

La Comisión descubrió que en realidad, menos de tres por ciento de las donaciones se destinó a enfermos de cáncer.

La “nueva ética” es en realidad un cáncer de muy rápida metástasis.