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20
Marzo

Las señales de la impetuosa llegada de China a las cumbres de la economía mundial están por todos lados.

Por eso nadie se sorprendió demasiado en octubre pasado cuando la potencia encabezó el anuncio de la creación del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (Asian Infrastructure Investment Bank, o AIIB por sus iniciales en inglés).

En cambio esta semana, no fueron pocos los que encontraron inesperado que varias naciones europeas pidieran integrarse en la nueva entidad financiera asiática.

Con 21 países miembros, la nueva entidad buscará financiar proyectos de energía, carreteras y otros proyectos de infraestructura en Asia.

Pekín ha prometido la mayoría de los US$50.000 millones de capital con que arrancará la entidad.

Muchos lo ven como una rival chino al Banco Mundial.

Aunque los US$50.000 millones son apenas una quinta parte del capital de la entidad multilateral basada en Washington.

Pero más allá del impacto económico inmediato que pueda tener el AIIB, todos hablan de su relevancia política.

 

¿Reacción antioccidental?

 

Reino Unido fue el primer país occidental en buscar convertirse en un miembro fundador de la entidad, y su decisión fue criticada por la Casa Blanca, en Estados Unidos.

Londres, tradicional aliado cercano de Washington, le puede estar causando ahora un serio dolor de cabeza geopolítico al gobierno de Barack Obama, asegura la corresponsal de asuntos económicos de la BBC, Linda Yueh.

"Se dice que Estados Unidos ha urgido a otras naciones a abstenerse de unirse al AIIB", indica nuestra corresponsal.

Un llamado que no ha tenido gran éxito en Europa, donde el martes se anunció que Alemania, Francia e Italia también querían integrarse al AIIB.

La aparición de un banco de desarrollo encabezado por China también puede verse como una reacción a la lentitud con la que se han emprendido las reformas en las instituciones financieras internacionales encabezadas por Occidente.

Estados Unidos tiene efectivamente un poder de veto sobre el Fondo Monetario Internacional, cuyo jefe es generalmente europeo, mientras que el del Banco Mundial es estadounidense.

"China es una nación mucho más poderosa ahora y la segunda mayor economía del mundo quiere encabezar su propia institución financiera internacional", dice Linda Yueh.

 

Regaño sorpresivo

 

Pippa Malmgren, quien fue asesora económica del expresidente estadounidense George W Bush, le dijo a la BBC que la crítica estadounidense a Londres indica que la decisión del gobierno británico pudo tomarlos por sorpresa.

"No es normal para Estados Unidos estar públicamente regañando a los británicos", añade.

No se conocen todavía como serán muchos de los detalles de operación de este nuevo banco.

Pero su aparición en la escena señaliza para muchos un realineamiento político que los europeos, en particular, están tratando de asimilar, no sin cierta incomodidad.

"Es un asunto complicado alinearse a la vez con China y con Estados Unidos. Los estadounidenses están aparentemente molestos con Reino Unido mientras que China ha aplaudido la decisión británica", dice Yueh.

Nuestra corresponsal asegura que esta será la primera de muchas decisiones tomadas por Reino Unido y otras naciones para posicionarse entre la nueva superpotencia económica y la existente.

 

Después de Bretton Woods

 

Algunos ven en la iniciativa china del AIIB un esfuerzo por empezar a cambiar una organización financiera internacional asociada con el orden político mundial que estuvo vigente por décadas.

El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional surgieron de los llamados acuerdos de Bretton Woods, una conferencia llevada a cabo al final de la Segunda Guerra Mundial, en la que los aliados victoriosos, y en particular Estados Unidos, querían dejar su impronta en la manera en que operaba la economía mundial.

En este caso, con instituciones de desarrollo que buscaban apoyar un sistema capitalista basado en la libertad del mercado.

Por algo las doctrinas defendidas por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional fueron conocidas como el "Consenso de Washington".

Nadie habla de un "Consenso de Pekín", y no se conoce el impacto real que eventualmente tenga la nueva institución a la que quieren plegarse los europeos.

Pero pocos dudan de su papel como indicador del cambio en el balance de poder que viene dándose en la escena global.

19
Marzo

En un juego político de extrañas o encubiertas intenciones, el presidente Barack Obama calentó la caldera en vísperas de la VII Cumbre de las Américas que se realizará en Panamá, donde Cuba participará por primera vez en este cónclave, y además cuando se esperaba que fuera un escenario propicio para buscar consensos en las difíciles y controvertidas relaciones históricas de Estados Unidos con América Latina y el Caribe.

Precisamente la Cumbre Extraordinaria de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) tuvo lugar esta semana en Caracas para fijar su posición respecto a la cita en Panamá los días 10 y 11 de abril, ante la Acción Ejecutiva de Obama quien calificó a Venezuela como una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos.

Casi simultáneamente concluía la tercera ronda de negociaciones entre Estados Unidos y Cuba en La Habana, centrada en el restablecimiento de relaciones diplomáticas y la reapertura de embajadas. Y aunque Washington ha dicho que “está abierto” para alcanzar este objetivo antes de la cita en el país istmeño, creo que quizá el horno aún no está para galleticas.

El presidente Raúl Castro expresó en su discurso que Cuba cierra filas con Venezuela y el ALBA: “No toleraremos que se vulnere la soberanía o se quebrante impunemente la paz en la región”, dijo. En una fuerte advertencia agregó que el hecho “demuestra que Estados Unidos puede sacrificar la paz y el rumbo de las relaciones hemisféricas…”

La Declaración Final aprobada por Cuba, Nicaragua, Bolivia, Dominica, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas, Antigua y Barbuda, Granada, Ecuador y Haití, rechazó la orden del pasado 9 de marzo emitida por el gobierno de Estados Unidos al considerar que es injustificada y “constituye una amenaza al principio de no intervención en los asuntos internos de los Estados”.

También solicitó que se establezca un diálogo entre Washington y Caracas, que se fundamente en el respeto a la soberanía, como alternativa a la crítica situación creada de manera unilateral por la administración del presidente Obama; así como que cese la agresión mediática contra la nación sudamericana.

En relación con las conversaciones en La Habana, aunque no hubo una rueda de prensa, Estados Unidos reportó avances en las negociaciones. La vocera del Departamento de Estado, Jennifer Psaki, calificó la reunión como positiva y constructiva, al destacar que se desarrolló “en una atmósfera de respeto mutuo”. En tanto se prevé próximos encuentros.

A propósito de la Portavoz, en una reciente conferencia de prensa en la que participaron experimentados periodistas que cubren las informaciones de la Casa Blanca, se produjo un estallido de risas cuando la gélida personera dijo con todo empaque que “su país no apoya ni promueve cambios de Gobierno a través de medios ilegales”, al ser interrogada sobre el papel de Estados Unidos en el frustrado golpe de Estado contra el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.

Con fina ironía uno de los corresponsales le preguntó desde cuándo se aplicaba esa política, a lo que respondió que sólo se refería a las acusaciones realizadas por Nicolás Maduro “y no a episodios anteriores”. Fue la chispa que encendió la hoguera.

De inmediato, distintos periodistas le recordaron el rosario de violaciones a la soberanía de otros países: desde las invasiones a Guatemala y República Dominicana; el golpe de Estado en Chile; el apoyo a las dictaduras en Argentina y Brasil; y más cercanos el respaldo a los golpistas en Venezuela en 2002 y en Honduras en 2009; entre otros.

Es necesario aquietar las aguas para el encuentro en Panamá. Los malos recuerdos son muchos y la emoción en esta parte del mundo es levantisca. Además, hay verdades que no por repetidas pierden su actualidad: alguien dijo que en Washington nunca ha habido un golpe de Estado porque no tienen una Embajada norteamericana.

15
Marzo

El presidente de la mayor potencia militar en la historia de la humanidad, Barack Obama, abrió una nueva fase de la intervención yanqui en Venezuela pues, según él, nuestro país representa una “amenaza inusual y extraordinaria” para la seguridad de Estados Unidos. Con el cinismo característico de los voceros imperialistas, el agresor quie­re presentarse como víctima. ¿Cuál es en verdad la realidad?

El pueblo venezolano es un pueblo pacífico. La única experiencia que registra la historia sobre la salida de fuerzas armadas venezolanas más allá de las fronteras, data del siglo diecinueve, cuando las tropas dirigidas por el Libertador Simón Bolívar, salieron a luchar, junt­o a los pueblos de Colombia, Perú, Ecuador y Bolivia, por la independencia, del imperio colonial es­pa­ñol. Nunca, desde entonces y hasta el presente, se ha conocido la presencia de nuestros soldados fuera de nuestra fronteras, salvo en ocasionales invitaciones a desfiles co­mo los que se escenifican en aniversarios como, por ejemplo, de la Ba­talla de Ayacucho.

Pero ¿a cuento de qué viene esta queja del señor Obama? ¿Es creíble el absurdo de que un país como Ve­nezuela pueda amenazar a una su­perpotencia como Estados Uni­dos?

El gobierno yanqui, desde los mismos días en que el comandante Hu­go Chávez se perfilaba como claro ganador en las elecciones ve­ne­zolanas de 1998, desató gigantescas campañas para presentar una imagen groseramente deformada del líder que se insurgía co­mo un hombre que encarnaba las tradiciones patrióticas de nuestro pueblo y su firme compromiso con la causa popular.

Una vez que asume la presidencia, la campaña se arreció. Pero ya no solamente en términos de propaganda, sino de acciones para derrocarlo. Financiaron y coordinaron conspiraciones y golpes de Estado que fueron derrotados por la rápida movilización popular y los sectores patrióticos ampliamente mayoritarios dentro de la fuerza armada na­cional.

Pero no han cesado de fi­nanciar y promover conspiraciones, así como todo género de actividades para desestabilizar y provocar el fracaso de los gobiernos bolivarianos, tanto de Chávez como de Nicolás Maduro. Fra­ca­saron y si­guen fracasando. Aun así, no rectifican. El sector más violento y más atado a los intereses de Estados Uni­dos, impone su política a los más tibios.

Ahora bien, cuando hablamos de los intereses de Estados Unidos, entre otros, nos referimos a las más grandes reservas petroleras del mundo y a la posición geopolítica de Ve­ne­zuela. Dos factores estratégicos de primer orden que preocupan al im­perio cuando se trata de un gobierno patriótico que claramente se re­conoce como socialista. Por pa­trio­tas, Hugo Chávez y Ni­colás Maduro han sostenido una política nacional en el ejercicio de la propiedad sobre nuestro principal recurso natural. Pero, además, han impulsado una política de unidad de la Orga­ni­za­ción de Países Expor­tadores de Petróleo (OPEP), ente contra el cual las grandes potencias consumidoras de energía han maniobrado desde los tiempos de Henry Kissinger, tratando de destruirlo. Y casi habían logrado su objetivo cuando Hugo Chávez entra en el escenario petrolero mundial frustrando tales planes a los cuales servían gobiernos serviles.

Chávez y Maduro, por socialistas consecuentes, han aplicado políticas de distribución del ingreso, ya no para enriquecer a sectores privilegiados de Venezuela y de ca­pital extranjero, sino para mejorar de ma­nera consistente, las condiciones de vida del pueblo venezolano.

La mejoría en las condiciones ma­teriales de existencia del pueblo ve­nezolano y las políticas soberanas que caracterizan al gobierno, han hecho de Venezuela, un país fuerte, no tanto por sus riquezas como por su entereza bolivariana.

Pero, además de las políticas de cara al interés nacional, el comandante Hugo Chávez irrigó, literalmente, las semillas de la integración de Nuestra América que yacían dor­midas desde los tiempos de Bolívar. Nacieron así, Alba, Petro­ca­ribe, Unasur, Celac. Bajo su liderazgo, Bolívar dejó de ser reliquia para la veneración y cobró, de nuevo, vida real. Fue discurso, cierto, y muy inspirado, pero también fue acción concreta. De nuevo Nuestra América ha comenzado a ser, ya no solo una nación en sí, una nación que simplemente se conforma con existir, sino una na­ción para sí, es decir, una nación cada vez más consciente del enorme potencial que representa la unión y de la impresionante riqueza que aloja tanto su suelo como, principalmente, el poder creador de su pueblo.

Esto es lo que considera Obama una “amenaza inusual y extraordinaria” para la seguridad de Estados Unidos. Dentro de su lógica ¿deberíamos ser entonces débiles y sumisos, ensimismados en nuestros pro­blemas cotidianos? ¿De­bería­mos, en suma, dejar de ser bolivarianos, ser gente sin principios, sin dignidad para merecer el reconocimiento del imperio? Cualquier co­mentario resultaría tonta necedad.

12
Marzo

Aunque Washington insiste en que el reciente decreto del presidente Barack Obama contra un grupo de funcionarios venezolanos para impedir que afecte el sistema financiero estadounidense, me pregunto, como otros muchos: ¿cómo es posible que esto pueda poner en peligro la seguridad nacional o la política exterior de Estados Unidos de manera “inusual y extraordinaria”?
La medida rompe la lógica de un cambio de la política de Estados Unidos hacia América Latina, en momentos en que el mandatario pareciera concentrar su último período de gobierno en una proyección más racional y objetiva en cuanto al comportamiento del país en la arena internacional. Particularmente en medio de un proceso negociador para el restablecimiento de relaciones con Cuba y en vísperas de la Reunión de las Américas en Panamá en abril.
¿Un error de cálculo del Departamento de Estado? ¿Una muestra de que no renuncia a su concepción hegemónica en la región?
¿Por qué no considera a su vecino México como un peligro para su seguridad nacional? ¡Quizá por el hartazgo de haberle arrebatado más de la mitad de su territorio! O por razones que escapan a la capacidad promedio de los analistas…
Estados Unidos y México comparten miles de kilómetros de fronteras y existe un estado generalizado de violencia en la nación azteca. Pero ningún país, por poderoso que sea tiene derecho a inmiscuirse en los asuntos internos de otros Estados.
La Asamblea Nacional de Venezuela respondió el agravio aprobando, en primera lectura, la Ley Habilitante Antiimperialista para “defender la paz, la soberanía y el desarrollo íntegro del país “ante la amenaza del imperio de Estados Unidos”. La legislación faculta al Presidente a dictar Decretos con Rango, Valor y Fuerza de Ley sobre las materias que estime pertinentes de acuerdo con las necesidades y emergencias de la nación.
Ante la acción ejecutiva de Obama, tanto el Gobierno cubano, como los embajadores de los países del AlBA, reunidos en La Habana proclamaron su apoyo incondicional a Venezuela. Mientras los cancilleres de los países de La Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) se reunirán este jueves para responder a Washington.
Otros califican la decisión de Obama como una “hojilla de doble filo”, porque contribuye a la cohesión de los oficialistas y coloca a la oposición en una compleja situación.
Según un reciente estudio, el 64% de los venezolanos se opone a las sanciones de Estados Unidos a funcionarios venezolanos y un 62% se opone a que dicho país emita opiniones sobre Venezuela.
Por su parte, la coalición opositora, denominada Mesa de la Unidad Democrática (MUD), declaró que “Venezuela no es una amenaza para ningún país”; cuando realmente está empeñada en aprovechar las serias dificultades que enfrenta la población, entre ellas, el desabastecimiento, los problemas económicos, en los que incide gravemente la inflación y la inseguridad ciudadana, por el incremento de la violencia.
Washington no debe ignorar o menospreciar los resultados de la II Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), en La Habana, en enero de 2014, que aprobó declarar la región como Zona de Paz: el compromiso permanente de sus miembros con la solución pacífica de controversias a fin de desterrar para siempre en el área el uso y la amenaza del uso de la fuerza; el estricto cumplimiento de su obligación de no intervenir, directa o indirectamente, en los asuntos internos de cualquier otro Estado y observar los principios de soberanía nacional, la igualdad de derechos y la libre determinación de los pueblos que integran la comunidad.
El texto destaca, en otro de sus acápites, el compromiso de los 33 Estados que integran la CELAC: “de respetar plenamente el derecho inalienable de todo Estado a elegir su sistema político, económico, social y cultural, como condición esencial para asegurar la convivencia pacífica entre las naciones”; basado en el respeto de los principios y normas del Derecho Internacional; así como de los Principios y Propósitos de la Carta de las Naciones Unidas.
Si en realidad la intención de Washington “no consiste en promover disturbios en Venezuela o socavar su Gobierno”, según habría indicado este martes la portavoz del Departamento de Estado norteamericano, Jen Psaki, entonces hay que esperar para ver por dónde discurre el cauce para arribar a conclusiones. Por ahora las aguas están turbias…