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29
Mayo

(Foto: Monumento dedicado a Orlando Letelier y Ronni Moffitt, en el Sheridan Circle, Washington DC)

 

Hoy, en la media noche, Cuba habrá salido de la lista de países que patrocinan el terrorismo y emite cada año el Departamento de Estado de los EEUU. Se completaría el plazo de 45 días otorgado al Congreso para oponer un bloqueo a la medida, algo que parece improbable, porque el legislativo se encuentra esta semana en uno de sus numerosos períodos de vacaciones y por lo tanto, sin sesiones. La posibilidad de que los congresistas retornen a Washington de emergencia para tratar este tema son casi nulas, según los analistas de la política local.

El hecho pone fin a una larga injusticia, aunque apenas aparezca mencionado en los diarios estadounidenses de la mañana. Algunos se han limitado a replicar en las páginas interiores un despacho de agencia, en el que se recuerda que la salida de Cuba de la lista fue notificada por el presidente Barack Obama al Congreso el pasado 14 de abril, y que el proceso concluirá con la formalidad de un aviso en el Federal Register, la Gaceta oficial estadounidense, cosa que ocurrirá probablemente el lunes.

Hasta aquí los datos fríos. Quizás si no hubiera estado en Washington DC esta semana, no habría reparado en algo de lo cual me habló hace unos años el estadounidense Saúl Landau, cineasta, escritor, luchador infatigable por el regreso de los Cinco a la Isla, quien murió sin verlos de vuelta en Cuba. La Casa Blanca y el Capitolio –la sede del Congreso- están solo a unas pocas millas de distancia del Sheridan Circle, el lugar donde estalló la bomba que terroristas cubanos, domiciliados en Miami, pusieron debajo del carro que manejaba el diplomático chileno Orlando Letelier, y que le costó la vida a él y a su secretaria Ronni Moffitt, en 1976. Fue la explosión más pavorosa que se sintió en la capital de Estados Unidos antes del 11 de septiembre de 2001, cuando un avión de pasajeros se incrustó en un ala del Pentágono, tras los atentados terroristas.

El Sheridan Circle es una rotonda muy concurrida y todavía hoy un punto obligado para llegar al centro de la ciudad, en uno de los barrios más lujosos del país, pespunteado de palacetes, embajadas y edificios fastuosos. No tendría por qué estar asociada hoy a Cuba y a una nefasta lista, pero allí está la tarja que recuerda el lugar exacto de la detonación y a sus autores materiales, una cuadrilla de cubanos, ahora vejetes, que siguieron matando gente después de este hecho y que han vivido un retiro apacible en Miami.

Estoy parada en el mismo lugar del cual, tantas veces, le escuché hablar a Saúl. Puedo imaginar con mayor precisión lo ocurrido el 21 de septiembre de 1976, a las 9:40 de la mañana, y hasta ver la mano, en el carro gris de los asesinos, que presionó un botón e hizo saltar el carro que manejaba Orlando Letelier. Michael Moffitt –el esposo de Ronni, que sobrevivió milagrosamente- escuchó el sonido como “agua en un cable caliente” y luego vio un “destello blanco”. Disparado del auto por la explosión, Moffitt intentó sacar del carro a Letelier, que estaba inconsciente cerca de él. Lo arrastró hacia el árbol más cercano, al borde de la rotonda. Las piernas del chileno se habían separado del cuerpo y con la detonación, estaban arrojadas a unos 15 metros de distancia de Orlando. Ronni Moffitt salió por su cuenta del Chevrolet azul incendiado. Parecía estar bien, pero en realidad un fragmento de metal le había cortado una arteria próxima a la garganta y pronto moriría ahogada en su propia sangre.

Después se supo que Michael Townley, un norteamericano que trabajaba para la DINA -los servicios de inteligencia chilenos-, coordinó el plan bajo órdenes del dictador Augusto Pinochet. Townley reclutó al cubano Guillermo Novo y a su pandilla terrorista del llamado Movimiento Nacionalista Cubano, de Nueva Jersey, quienes lo ayudaron a adquirir los componentes para la bomba. Dos de ellos, José Dionisio Suárez y Virgilio Paz, se declararían culpables de “conspiración para el asesinato”. Cada uno fue condenado a 12 años y liberados bajo palabra después de cumplir siete. Esos dos iban en el auto que precedía al de Letelier cuando llegó al Sheridan Circle. Uno conducía el auto y el otro apretó los botones de control remoto que hizo estallar la bomba. Un jurado declaró culpable a Novo y a otros dos co-conspiradores, pero la decisión fue revocada en la apelación. Posteriormente Novo fue condenado solo por perjurio, por mentir al gran jurado acerca de su conocimiento del plan de asesinato.

Saúl repetía: “Es imposible que en la Casa Blanca y en el Capitolio no oyeran la detonación, y las sirenas de las patrullas, las ambulancias y los carros de bomberos que se dispararon por toda la ciudad”. Él había sido amigo de Letelier -canciller y ministro de Defensa de Salvador Allende- y le había cursado una invitación para trabajar en Washington, en el Instituto de Estudios Políticos (IPS), después que Orlando logró escapar de Chile, donde había estado un año preso tras el golpe de Estado de Augusto Pinochet.

“El terrorismo, para los que lo experimentan, significa la muerte de familiares y amigos. Significa trauma futuro, sueños violentos y ansiedad a largo plazo. El terrorismo significa llevar el terror a los corazones y a las mentes, independientemente de que el medio seleccionado sea un avión a reacción, disparar cohetes, colocar artefactos explosivos o fijar una bomba con adhesivo a un automóvil”, escribiría Saúl, autor con John Dinges de un libro extraordinario, en el que se narran los entresijos políticos de este crimen, Assassination On Embassy Row.

A las víctimas del terrorismo tanto como a los terroristas, no hay que buscarlos lejos de la Casa Blanca y del Congreso, es lo que quería advertirme Saúl cuando me contaba del Sheridan Circle, siempre desbordado por las lágrimas. Él conocía perfectamente los vínculos de la contrarrevolución de origen cubano con el poder estadounidense y las dictaduras latinoamericanas, que habían sacrificado a Orlando Letelier y Ronni Moffitt, tanto como a más de 3000 cubanos, que murieron a manos de sicarios protegidos por sucesivas administraciones en Washington.

Pero en una mañana espléndida como la de hoy, no en cualquier sitio sino de pie ante el discreto monumento de bronce y piedra dedicado a Letelier y a Moffitt en el Sheridan Circle, siento que comienza a repararse una enorme injusticia y que, por primera vez en más de 30 años, hay señales en el gobierno estadounidense de respeto por las víctimas cubanas y latinoamericanas del terrorismo. Me atrevería a decir que se honra también a amigos como Saúl Landau, que merecieron haber vivido para ver este momento y que tantas veces levantaron el lirio del sentido común frente a la muralla que criminalizaba a Cuba.

Y como es posible soñar cuando aparece cierta justicia, al anunciarse formalmente que la Isla salió de la lista en la que nunca debió estar, quizás hasta le escuchemos a John Kerry decir algo parecido a lo que expresó en el 2008, cuando EEUU decidió, después de sesenta años, sacar al africano más prestigioso del mundo, Nelson Mandela, de otro tenebroso catálogo: “Ayudará a borrar por fin la enorme vergüenza de haber deshonrado a este gran líder, incluido en la lista de terroristas de nuestro Gobierno”.

27
Mayo

No por anunciada dejó de ser sorprendente la debacle del Partido Popular (PP) en las recién celebradas elecciones municipales y regionales españolas que, según todo indica, han cambiado el mapa político del país en el umbral de los comicios generales del próximo noviembre.

Al cargar con todo el peso de la crisis económica, los bárbaros reajustes, los crueles desahucios y el más elevado desempleo de la Unión Europea -todo a la vez- y sin perspectiva cierta de mejoría creíble, acompañado de los sucesivos escándalos de corrupción en sus rangos dirigentes, no otro podía ser el resultado a la larga para los herederos del franquismo, erróneamente entusiasmados por las cifras obtenidas en 2011, inmediatamente después del movimiento de “los indignados”.

A partir de entonces, y ahora se comprueba, comenzó a escribirse una nueva historia de España. Siempre algunos se negaban a reconocerlo y otros se mostraban escépticos ante esa posibilidad pues ya habían visto naufragar experiencias anteriores que por una u otra razón no llegaron a concretarse.

La saga de la llamada “transición democrática” desembocó en un bipartidismo que parecía eternizarse y donde, como ocurre generalmente en esos casos -cada vez uno de los partidos se parecía más al otro- y ambos, ensamblados, se convierten en los garantes y sostenedores del sistema, sus beneficiarios y aliados.

Los resultados electorales que acaban de obtener confirman que buena parte del pueblo español tiene esa percepción y adjudica a ambos partidos tradicionales defensores del sistema cifras más o menos parecidas, una vez sacadas las cuentas del descalabro del PP y de la difícil recuperación del PSOE, aun distante de los votos que un día llegó a tener.

No es casual, por tanto, que algunos voceros de ambos partidos y en algunos medios de prensa que representan y defienden las ideas conservadoras, de derecha y por un mayor acercamiento con Estados Unidos, se habla desde hace algún tiempo de la necesidad de una urgente alianza o entendimiento entre ellos como única forma de detener los avances y cerrar las brechas ante otras fuerzas políticas -sobre todo de izquierda- que emergen peligrosamente desde el movimiento PODEMOS, surgido durante las jornadas del 15M.

También a partir de aquella convulsión social sin precedente que puso fin a la luna de miel alcanzada por el bipartidismo durante tres décadas de postfranquismo, apareció el movimiento Ciudadanos, convertido igualmente en partido político y que según parece recoge a buena parte de los descontentos y decepcionados del PP, horrorizados sobre todo por los escándalos de corrupción sucesivamente protagonizados y amparados por el partido de gobierno, de los cuales quieren tomar distancia.

Obviamente, no se ha acallado ni se acallará hasta noviembre próximo el ruido mediático de la habitualmente ruidosa prensa española y sus pronósticos respecto a los futuros comicios generales. Mientras algunos tratan aún de convertir los deseos en realidad –como si nada hubiera pasado- no son pocos los que presagian al menos el fin del bipartidismo, otros se extienden en la posibilidad de cambios más profundos o desde distintas posiciones coinciden en que a partir de ahora España no será la misma.

22
Mayo

Inquietantes noticias procedentes de Honduras han estado llegando durante las semanas recientes, donde se entremezclan de manera preocupante diferentes factores explosivos como son un incremento de la siempre palpable presencia militar y del FBI estadounidense; las consecuencias escandalosas de la corrupción y el saqueo al Instituto Hondureño de Seguridad Social; los rumores sobre un eventual intento de reelección por parte del actual presidente Juan Orlando Hernández e inclusive la existencia de una conspiración favorable a un nuevo golpe de estado encabezado por el general (hoy retirado) Romeo Vázquez Velázquez, quien fungió como cabecilla del anterior, -siendo jefe del ejército,- contra el presidente constitucional José Manuel Zelaya.

La combinación e interacción en la práctica de tantos y tan graves elementos no puede originar otra cosa que confusión e incertidumbre, añadida al estado de agitación social y delincuencia organizada que sigue conmoviendo al país centroamericano, agudizado tras el brutal cuartelazo del 2009 que abrió las más profundas heridas, no cerradas en el seno de la sociedad hondureña.

Tal como señalaron en aquel momento numerosos observadores y analistas de la propia Honduras, de otros países de Centroamérica y de América Latina en general, aquel golpe no era ajeno a los propósitos yanquis de la remilitarización del continente, acompañando a los designados de Washington contra la integración política y económica de los países latinoamericanos y caribeños.

La vida se ha encargado de confirmarlo y la situación hondureña lo ha evidenciado rápidamente. El actual jefe del Comando Sur del Ejército de Estados Unidos, John Kelly, visita continuamente a Honduras y hace declaraciones públicas, mientras la presencia militar estadounidense crece en el país con el pretexto de maniobras, ejercicios y “ayuda humanitaria”, como en los casos de “Respuesta rápida”, -donde participaron 300 agentes del FBI, según el Ministerio de Defensa,- y el inminente arribo de los infantes de Marina al departamento de Gracias a Dios en número superior a 200, “con vistas a la temporada de huracanes”, según dijo el vocero del Pentágono, Steve Warren.

Por otra parte, el tradicional bipartidismo entre Nacionales y Liberales parece herido de muerte y parte de la prensa hondureña señala al ex presidente y poderoso empresario Carlos Flores Facussé como quien realmente ya mueve los hilos de ambos partidos, obligados a acercarse ante el eventual peligro que representa el Partido Libre creado por el ex presidente Zelaya. El probable cese de la “alternabilidad” ha originado, no obstante, contradicciones entre los propios grupos empresariales que hasta ahora se habían turnado la mayor influencia sobre el poder.

La realidad es que, como advierten unos y otros, la situación del pequeño país centroamericano merece ser observada cuidadosamente pues en ella coinciden preocupantes factores locales, agravados en este caso por la codicia imperial de Estados Unidos, tradicionalmente activa en esa región.

18
Mayo

Tras el éxito político-diplomático que representaron para Rusia los festejos conmemorativos del aniversario 70 de la victoria sobre el fascismo, pese a los intentos descabellados de boicot por parte de Estados Unidos al cual se vieron obligados sus socios de la OTAN, llega el momento de recapitular sobre los más recientes acontecimientos europeos y en particular los relacionados con la explosiva situación de Ucrania, donde Washington juega con fuego para crear un flanco débil que debilite irremisiblemente a Moscú.

Internamente, el régimen encabezado -al menos aparentemente- por el magnate Poroshenko acaba de tomar otra medida que le permita la persecución y hostigamiento de los numerosos opositores del más variado signo político: ha decretado que el comunismo es equivalente al nazismo y que por tanto la divulgación de ambas ideologías queda desde ahora severamente prohibida así como cualquier tipo de organización que las haga suyas.

La maniobra, sin embargo, es evidente y sin hacer muchos esfuerzos se adivina cuál es el verdadero propósito de semejante equivalencia, por lo demás nada original, pues otros ya la han puesto en práctica en otros momentos y en otras latitudes, siempre con el mismo sentido de hipocresía y falacia.

La realidad es que, en Ucrania los nazis están ya armados y organizados desde los momentos en que fueron la tropa de choque fundamental contra el presidente Yanukovich en los días del sangriento golpe de estado. Ellos forman hoy la columna vertebral de las fuerzas de seguridad, de la llamada Guardia Nacional y de numerosas instituciones del Estado, incluida la alcaldía de Kiev.

Para nadie es un secreto que durante los meses anteriores al golpe de Maidan en territorio polaco se entrenaron grupos fascistas que llevaron el peso de la violencia y ejercieron como francotiradores para sembrar el pánico en calles y plazas asesinando a mansalva a policías y civiles.

La nueva disposición del régimen, en medio de equilibrios entre Washington y Berlín, busca la ilegalización definitiva del Partido Comunista de Ucrania y su paso a la clandestinidad hasta inmovilizarlo, teniendo en cuenta que ha sido el único partido denunciante del fascismo, de la corrupción gubernamental-empresarial y de los crímenes y atropellos de las bandas neonazis, así como reclamó la protección de los monumentos recordatorios de la lucha antinazi durante la Gran Guerra Patria.

Contra todos los pronósticos que los mismos aventureros de Washington habían previsto y de los cuales habían hecho víctimas a sus socios de la OTAN y la Unión Europea, la situación ucraniana se ha complicado hasta el extremo, lo cual no era nada dudoso para los observadores racionales y sensatos que desde un principio advirtieron sobre las probables consecuencias del golpe de estado y de la puesta en práctica de una provocación irresponsable y de tal magnitud contra la vecina Rusia.

Intentar ahora culpar a Rusia de la situación creada tanto en la propia Ucrania como en Europa, no sólo es cínico sino mentiroso y da la impresión de que los miembros de la Unión Europea así lo comprenden, pero no son capaces aun de cortar las amarras mediante las cuales Estados Unidos los sujeta firmemente, al menos en este caso.

Todo indica que el imperialismo norteamericano busca por diferentes medios mantener a Rusia en situación de inestabilidad, desgastarla económicamente y aislarla políticamente. Para ello requerirá, obviamente, en ese proceso, del apoyo aún vacilante de la Unión Europea- OTAN, que no dejan de preocuparse por las nefastas consecuencias que siempre tendrían para Europa semejante política teledirigida desde Washington.