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30
Abril

Una investigación realizada por la Universidad de Princeton hace algún tiempo calificó a Estados Unidos como un país no democrático por la subordinación de su gobierno a las élites de poder, obviando los intereses de la inmensa mayoría de sus ciudadanos.

La principal potencia económica y militar del mundo y “apaga fuegos” por excelencia de conflictos internacionales supedita su política exterior a los intereses económicos y financieros de las grandes corporaciones.

La simbiosis entre el Estado y el sistema empresarial dominante en el país funciona como el mecanismo de un reloj suizo, en detrimento de las decenas de millones de personas sumidas en la pobreza.

Sin embargo, numerosos analistas además opinan que decrece progresivamente el dominio hegemónico mundial de Washington; perdido en el laberinto de una controvertida intromisión de sus tropas en conflictos que poco tienen que ver con los intereses fundamentales de la ciudadanía norteamericana; mientras peligra el llamado “sueño americano” carcomido por la desigualdad social.

Por otra parte, un polémico libro del economista francés Thomas Piketty que circula en este momento con éxito por las librerías norteamericanas hace hincapié en que la desigualdad social en Estados Unidos ha retornado a los niveles existentes siglos atrás.

No es casual que la plataforma de campaña electoral del Partido Demócrata esté centrada en la lucha por la equidad social, y no en la retórica de la sostenibilidad del Estado de Bienestar cuando se incrementa el inmenso abismo entre ricos y pobres en el país.

Los republicanos, que no quieren perder el carril por donde transitan las demandas de los electores comienzan a recurrir también a un discurso populista en su pretensión de acceder a la Casa Blanca.

Ni siquiera la alternancia bipartidista en el centro de poder de Estados Unidos cambiará la estructura socioeconómica del país, ni tampoco la doctrina que la sustenta. Lo que no significa que lancemos por la borda la utilidad de relaciones bilaterales de carácter económico, comercial y financiero basado en el respeto y utilidad mutuos, pero no debemos importar el espejismo del “sueño americano”.

Los resultados del estudio de los investigadores de la Universidad de Princeton y la teoría del economista Piketty pueden mostrarnos algo conocido. Aunque lo que sobra, si no perjudica no daña.

27
Abril

Por primera vez en la historia de la diplomacia estadounidense, la superpotencia única mundial se está viendo implicada en la discusión de temas sobre los derechos humanos en su propio país.

Ello ocurre en el marco de las conversaciones entre Estados Unidos y Cuba derivadas del anuncio simultáneo el 14 de diciembre de 2014, en La Habana y Washington, de que ambas naciones habían acordado debatir bilateralmente el camino hacia la normalización de sus relaciones.

La iniciativa de discutir estos temas partió de la parte cubana, que tantas veces se ha visto acosada por gigantescas campañas difamatorias de Estados Unidos sobre esa cuestión pero jamás ha contado con un escenario que le garantice la posibilidad de hacer oír sus verdades en un debate “despolitizado” y limpio, fuera de los marcos de la campaña que libra Washington sobre este tema contra los países del Tercer Mundo desde que concluyó la “guerra fría”.

Aunque estas conversaciones sobre derechos humanos han sido calificadas como “de nivel técnico”, se dijo que la estructura de las pláticas ofrecería espacio para un diálogo preliminar sobre los tópicos que preocupen a Cuba sobre el tema de los derechos humanos en Estados Unidos.

En ese contexto, Cuba expresó preocupación por las pautas discriminatorias y racistas que se manifiestan en la sociedad estadounidense, la intensificación de la brutalidad policial, la tortura y las ejecuciones extrajudiciales que se generan en la lucha contra el terrorismo, así como por la persistencia de violaciones de los derechos laborales y sindicales de los norteamericanos. El limbo legal en que se encuentran los prisioneros encarcelados en la ilegal base militar de Estados Unidos en el territorio cubano de la Bahía de Guantánamo fue igualmente motivo de la preocupación cubana.

La delegación cubana abogó, además, por la indivisibilidad, universalidad e interdependencia de todos los derechos humanos, en alusión a los derechos alimentarios, al trabajo, a la diversidad cultural y, en especial, a decidir sobre cuál sistema económico, político, y social prefieran soberanamente sus pueblos para el ejercicio de sus democracias.

Ha trascendido que Cuba condenó la manipulación del tema de los derechos humanos que ha hecho Estados Unidos para estigmatizar a aquellos países que no coinciden con su estrecha concepción de la democracia, a la que solo admite como tal si es capitalista, siendo que el capitalismo es casi la negación de la democracia o, al menos, un sistema cuyos principios básicos son mucho más discordantes con la democracia que los del socialismo.

En el contexto de la defensa de los derechos humanos a escala mundial, Cuba mostró sus logros en la promoción y protección de todos los derechos humanos, no solo de los cubanos, sino también de los pueblos de numerosas naciones con las que Cuba ha cooperado en materia de salud, educación y otras esferas.

Se hizo patente el contraste entre la generosidad con que la Isla moviliza y envía ejércitos de médicos y personal de la salud a países que lo han necesitado y solicitado de manera directa o a través de organizaciones internacionales de salud, y el uso por parte de Estados Unidos de similares circunstancias para enviar a otros países sus soldados o instalar bases militares que luego tienden a hacerse permanentes.

Cuba valoró el encuentro en curso como profesional, respetuoso, y demostrativo de que “es posible que los dos países se relacionen de manera civilizada” y Estados Unidos lo ha hecho en términos similares.

Los derechos humanos no son ni naturales, ni únicos, ni eternos, ni divinos. No son abstractos, son derechos concretos que cada país reconoce, otorga y regula de conformidad con su historia, sus concepciones, su ideología y su voluntad en virtud del principio de la autodeterminación.

Sin dudas trascenderá en las conversaciones con sus vecinos del Norte que el Estado cubano preserva el derecho a una vida decorosa y digna de las personas no solo con disposiciones legales, sino con todo un conjunto de normas que responden y expresan una realidad social y que se refieren a derechos fundamentales.

La protección de los derechos fundamentales de los ciudadanos en el proyecto socialista cubano descansa en garantizar su realización mediante el aseguramiento de los derechos sociales a la salud, a la educación, a la seguridad social, a la cultura, a la ciencia, al deporte, a la recreación. Y junto a ellos, los derechos políticos, cuyo ejercicio está explícito en el papel ciudadano en las transformaciones económicas y sociales del socialismo, el proyecto más concreto que haya avanzado hasta hoy la Humanidad en su camino irrenunciable hacia una democracia verdadera.

24
Abril

Cuando el 17 de diciembre de 2014, se produjo el anuncio simultáneo de los presidentes Barack Obama y Raúl Castro para iniciar un proceso, sin condicionamientos, encaminado al restablecimiento de relaciones diplomáticas, recordé el llamado del Papa Juan Pablo II, en la Plaza de la Revolución en enero de 1998, para que Cuba se abriera al mundo y el mundo se abriera a Cuba.

¿Acaso era un vaticinio? ¿Existirían tanteos preliminares, imperceptibles, que anticipaban futuras conversaciones entre Washington y La Habana? ¡No lo sé!.

Lo cierto es que cuando parecía que las palabras de Juan Pablo II se las había llevado el viento, la elección del Papa Francisco en marzo de 2013, quien ha transformado muchos conceptos anquilosados de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, irrumpiendo como un vendaval en el templo “donde los ángeles temen batir las alas” tomó en sus manos la compleja y valiente misión de apostar por el diálogo entre Cuba y Estados Unidos.

El Estado Vaticano se convirtió en uno de los protagonistas, de este complejo proceso negociador.

De diciembre pasado a esta fecha Cuba se ha convertido en un centro de gravitación a donde acuden casi constantemente importantes personalidades políticas internacionales y grandes empresas en la búsqueda de nichos de inversión y financiamiento en la medida en que se vayan eliminando restricciones del bloqueo económico, comercial y financiero que aún mantiene Estados Unidos contra Cuba.

La recién anunciada visita del Papa Francisco a Cuba, de paso a Estados Unidos, en septiembre de este año, es un hecho que colma de regocijo al pueblo cubano, como las anteriores realizadas por Juan Pablo II y Benedicto XVI.

Las actuales conversaciones de la Unión Europea y Cuba encaminadas a la firma de un Tratado Bilateral de Cooperación; el fortalecimiento de relaciones con Rusia y China; con la comunidad de países de América Latina y El Caribe; el encuentro entre los presidentes Barack Obama y Raúl Castro en la Cumbre de las Américas; la reciente visita a Cuba de Andrew Cuomo, Gobernador de Nueva York al frente de una importante delegación de directivos y empresarios ; y la creación de un lobby bipartidista y empresarial en Estados Unidos contra el bloqueo, ha hecho que la ultraderecha estadounidense haya caído en “terapia intensiva”.

Los emblemáticos representantes del anticastrismo en Florida, con tantos pecados como la curia romana, pero sin espacios de confesión con una intolerancia ideológica medieval se resisten a comprender los cambios que han tenido lugar en la comunidad cubanoamericana.

Por ejemplo, el corrupto y mitomaníaco Marco Rubio declaró que de acceder a la Casa Blanca en las próximas elecciones echará abajo las medidas tomadas por Obama. Lo que significa mantenerse con las orejeras para no ver que 189 países de los 192 miembros de la ONU votaron en su último Período de Sesiones contra el bloqueo.

Un interesante análisis hace énfasis en que las elecciones de 2016 estarán marcadas en Estados Unidos por el poder de una generación que apuesta por la paz, el diálogo y el no intervencionismo.

Mientras en un ambiente de esperanzas, temores y expectativas marchan las conversaciones entre Washington y La Habana. Sin olvidar la sentencia de nuestro Apóstol José Martí: “Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”.

22
Abril

Cincuenta y tres años después, con su relevante participación en la VII Cumbre de las Américas, Cuba puso un pie para el retorno al sistema interamericano, y lo hizo en grande. La pregunta es ¿cuál es el próximo paso?

La OEA no fue fundada por iniciativa de los Estados Unidos, sino de los países latinoamericanos que tramitaron su creación en la Conferencia de Chapultepec en 1945, como parte de una posición común de rechazo o condicionamiento a la inclusión del veto en la Carta de Naciones Unidas. En 1948 la organización fue constituida por 23 países. Catorce de los cuales, en 1962, votaron por la expulsión de Cuba, seis se abstuvieron, y México no rompió relaciones con La Habana. Con posterioridad ingresaron otros 13 países, 12 de ellos del Caribe más Canadá y, en 2009, en San Pedro Sula, 35 estados acordaron invalidar la resolución de 1962, con lo cual los derechos de la isla fueron automáticamente restablecidos.

Por sus propias razones, principalmente por el tradicional sometimiento de la organización a los Estados Unidos, el estado cubano se abstuvo de ejercer el derecho a participar en las actividades de la OEA hasta abril del presente año, cuando al más alto nivel, la Isla intervino en la VII Cumbre de las Américas, cuyos acuerdos suscribió y en la cual el presidente Raúl Castro tuvo un brillante desempeño.

Resulta evidente que la Organización de Estados Americanos de hoy no se parece a la que en 1962 expulsó a Cuba, y que más de la mitad de los países que la integran no suscribieron aquella decisión. Por otra parte, con el restablecimiento de las relaciones con Estados Unidos, la isla tendrá vínculos diplomáticos con todos sus integrantes.

En la coyuntura actual, y de cara al significado de la presencia de Cuba para reforzar el papel de los países progresistas de la región, y habida cuenta de que el país ya participa del principal evento de la entidad, no parece lógico ni ofrece ventaja alguna mantener a una fuerza como la de Cuba al margen de la actividad de la OEA.

La presencia de la isla significaría un extraordinario apoyo a los países que al interior de la OEA libran importantes batallas, favorecería el cambio de la correlación de fuerzas en la organización, y proporcionaría la posibilidad de contar con una representación adicional en Washington.

Seguramente, como siempre ha hecho, sin obviar los principios que guían su política exterior, en función de contribuir a la causa latinoamericana y con pleno ejercicio de la soberanía nacional, la dirección cubana considerará la nueva situación creada y decidirá lo más conveniente.

De todos los procesos históricos la política es el más susceptible a los cambios, y la más obligada a responder a las exigencias de los diferentes momentos. Por mi parte considero que todas las opciones deberían estar abiertas.