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12
Mayo

La ofensiva diplomática emprendida por el presidente cubano, Raúl Castro, a partir de la VII Cumbre de las Américas, mostró una impresionante faceta de estadista hasta ahora desconocida del líder revolucionario.

A partir del esperado encuentro con el presidente, Barack Obama, y el resto de los mandatarios de la región en Panamá, su exitosa gira iniciada en Argelia, uno de los primeros países en recibir la solidaridad internacionalista de la Revolución Cubana cuando luchaba contra el colonialismo francés, el encuentro con el presidente ruso, Vladimir Putin, en medio del simbolismo que entraña el 70 aniversario de la victoria soviética sobre el fascismo alemán, la visita a Roma donde sostuvo una larga entrevista privada con el Papa Francisco, destacada por la prensa local por el tiempo de duración (casi una hora) y el día escogido, (domingo), para “agradecer lo que hizo para empezar a resolver los problemas entre Estados Unidos y Cuba”, y finalmente la solidaria entrevista con el primer ministro italiano, Matteo Renzi, el mandatario cubano regresó a La Habana para encontrarse con el presidente francés, Francois Hollande, primer mandatario galo en visitar a Cuba.

Después de un año y medio de negociaciones secretas entre Washington y La Habana, con la mediación de los gobiernos de Canadá y el Vaticano sin que se filtrara la menor señal, el anuncio de la normalización de relaciones diplomáticas entre ambos países hecho de forma simultánea por los presidentes, Barack Obama, y Raúl Castro, el pasado 17 de diciembre, causó una bien recibida sorpresa en los pueblos de EU y Cuba, así como del resto de las naciones del planeta, Sin embargo, pasada la primera reacción ante el histórico hecho, pronto las opiniones, se dividieron entre optimistas, escépticos y cínicos.

Los primeros respiraron aliviados después de más de medio siglo de resistencia cubana, esperanzados en el comienzo de una nueva etapa de paz y bienestar. Los segundos desconfiados por la contradicción entre el anuncio hecho y las declaraciones de ambas partes reafirmando posiciones de principio, enumeraban los obstáculos existentes para emprender el histórico cambio.

Mientras que los últimos se sentían confiados en que en 18 meses de negociaciones con mediadores tan serios como el Papa Francisco y el primer ministro de Canadá, Stephen Harper, la agenda cubano-estadounidense había sido examinada en su totalidad, no solo llegando a acuerdos sobre asuntos pendientes del último siglo, sino también las históricas diferencias iniciadas con la invasión y ocupación militar de EU a la isla en 1898; y que también era un asunto acordado, la velocidad en la normalización de las relaciones, tomando en cuenta el sistema político y jurídico de EU y Cuba.

No obstante con moderación ante lo desconocido al principio y mayor audacia después, las iniciativas empresariales norteamericanas y europeas respaldadas por legisladores y mandatarios, iniciaron desde principios de año una carrera para ser los primeros en llegar a la invitación hecha por el gobierno cubano con su portafolio de inversiones extranjeras; mientras el presidente Obama proseguía con sus órdenes ejecutivas, desminando el terreno político.

La visita del Papa Francisco a Cuba anunciada para septiembre de este año, antes de viajar a EU, cerraría la incertidumbre que subsiste entre optimistas, escépticos y cínicos en EU y Cuba, si en esa ocasión en La Habana o Washington, se realizara un decisivo encuentro entre el Papa, Castro y Obama.

09
Mayo

No pueden olvidar ni los rusos ni el resto de los pueblos que integraron la URSS, sean cuales fuesen sus veleidades políticas de hoy, ni un solo minuto de aquellos 1 418 días y sus noches, desde la madrugada del 22 de junio de 1941 cuando las tropas hitlerianas bombardearon y penetraron sorpresivamente el territorio soviético, hasta la madrugada del 9 de mayo de 1945, cuando los altos mandos alemanes firmaron ante el mariscal de la URSS Gueorgui Zhúkov el acta de capitulación incondicional de la Ale­mania fascista.

La Gran Guerra Patria, como aún se les nombra a aquellos cuatro años de tenaz resistencia y heroísmo sin par, es la etapa más decisiva de la Se­gunda Guerra Mundial (1939-1945). La victoria de mayo del 45 puede medirse en cifras tan convincentes como desgarradoras.

El 75 % de todas las tropas de la Alemania hitleriana fueron enviadas a combatir y resultaron vencidas en el frente soviético. Nadie tiene derecho siquiera a insinuar un papel más decisivo en la victoria. Pero la URSS pagó por ella con 27 millones de se­res humanos, entre los cuales 13,7 millones fueron civiles. De estos últimos los ocupantes nazis aniquilaron 7,4 millones; otros 2,2 millones mu­rieron en trabajos forzosos en Ale­mania; y 4,1 millones perecieron por hambre.

El resto, los otros 13,3 millones de vidas fueron ofrendadas por los hombres y mujeres soviéticos en el campo de batalla.

Del heroísmo de los soldados, sargentos y oficiales del Ejército Rojo cuentan miles de libros, obras de teatro y películas de todo el mun­do. Nombres como Alexander Ma­trósov, Alexei Marésiev o Zoya Kos­modemyánskaya son símbolos que resumen el sacrificio y la entrega de millones de héroes y heroínas del gran país de los soviets.

Ninguna otra nación del mundo en toda la historia, ni durante la Se­gunda Guerra Mundial, sufrió las pérdidas materiales de la URSS. Unos 25 millones de personas quedaron sin techo, a escombros fueron reducidos 31 950 fábricas, y otras instalaciones de producción y servicios, 4 100 estaciones ferroviarias, 36 000 centros de comunicaciones, 6 000 hospitales, 33 000 policlínicos, 82 000 escuelas primarias y secundarias, 1 520 es­cuelas técnicas de nivel me­dio, 334 centros docentes superiores, 605 ins­tituciones científicas, 427 museos, 43 000 bibliotecas pú­blicas y 167 tea­tros, a lo que se sumó el robo de in­contables y valiosísimas obras de arte, que aún hoy no han sido recuperadas.

Curiosamente, dentro de la mundialmente conocida tienda GUM, cuyo edificio de cuatro plantas es nuevamente el frente opuesto a la tribuna en la Plaza Roja, se encuentra desde hace varias semanas una ex­posición sobre el arte en el frente de combate de la Gran Guerra Patria, un testimonio bello y sencillo que contrasta sobremanera con las arrogantes boutiques de las marcas más pres­tigiosas de la moda planetaria.  Es la Moscú de estos tiempos, la que no cree en lágrimas, pero tampoco las olvida.

Porque el otro costo, el del dolor, el de las familias destruidas, el de las mentes y los cuerpos mutilados, nun­ca podrá cuantificarse y mucho me­nos reponerse.

Tengan Rusia y sus amigos verdaderos esta nueva fiesta, la de los tristes recuerdos, la de la merecida alegría y la inquebrantable fe en la victoria. La paloma de la paz vale por lo que es capaz de defenderse.

01
Mayo

Algo gracioso sucedió a aproximadamente tres docenas de republicanos de derecha liderados por Ileana Ros-Lehtinen cuando estaban en vías de aprobar una resolución para revocar la decisión de Obama de sacar a Cuba de la lista de estados patrocinadores del terrorismo. Fracasaron.

Esa es una noticia. En Progreso Semanal, Sarah Stephens, una veterana activista a favor de un cambio en la política norteamericana hacia Cuba, escribió recientemente acerca de las razones técnico-legales a las que aludió Ros-Lehtinen para tratar de explicar por qué ella decidió no seguir insistiendo en la resolución. Stephen hace un buen trabajo descubriendo las evidentes contradicciones en la versión de Ileana. En suma, la verdadera historia parece ser que ellos no consiguieron los votos necesarios e inventaron un pretexto para guardar las apariencias y evitar la vergüenza de una derrota en el pleno del Congreso.

El artículo de Stephens agrega una interesante pieza al rompecabezas que rodea la extraordinaria y súbita transformación en la política de Estados Unidos hacia Cuba. Pero hay una historia mayor que señala y simboliza el retroceso de Ros-Lehtinen: el rápido y casi total colapso del una vez invencible lobby derechista anti Castro.

Por qué y cómo se derrumbó más rápidamente que el muro de Berlín es algo que no he logrado descifrar por completo, aunque tengo algunas hipótesis que compartiré más adelante en esta columna. Aquí quiero poner el colapso del lobby y la salida de Cuba de la lista terrorista en el contexto de la política norteamericana general y de larga data hacia Cuba.

Lo más sorprendente acerca de la política norteamericana hacia Cuba es cómo se mantuvo a pesar de la pura irracionalidad de tantos de sus componentes específicos. Estados Unidos crea una emisora de televisión que transmite para Cuba (TV Martí) y resulta que el gobierno cubano puede interferir con facilidad la señal y nadie en Cuba la ve. Sin embargo, independientemente de eso, el gobierno de EE.UU. continúa entregando millones de dólares para mantenerla en el aire años tras año.

¿Dicen ustedes que es irracional? Pero cada vez que alguien en el Congreso intentó eliminarlo, el lobby anti Castro enloquecía y el lobby se salía con la suya.

La historia de Radio Martí se diferencia en los detalles, pero no en su esencia. En este caso, la señal a menudo llegaba, pero no había suficiente gente escuchándola como para justificar el enorme costo. Además, la emisora estaba lastrada por múltiples problemas, como falta de objetividad, amiguismo y luchas burocráticas internas.

La noción misma de que la némesis de Cuba en el Norte pueda financiar y dirigir un medio de comunicación caracterizado por la objetividad es absurda. Sitúen esta emisora en Miami y pongan a una mayoría de exiliados a dirigirla y desaparece la poca credibilidad que pudiera tener. Es una locura. Pero eso no impidió que el lobby de los exiliados se opusiera a cerrarla o, increíblemente, saliéndose siempre con la suya.

Salvador Dalí tituló uno de sus cuadros “La resistencia del carácter”. La historia surrealista de la política norteamericana hacia Cuba pudiera llamarse “La resistencia de la irracionalidad”. El lobby del exilio desempeñó un papel significativo en mantener viva la demencia.

Más allá de su irracionalidad, hay otro aspecto de Estados Unidos abrogándose el derecho de catalogar a Cuba como patrocinadora del terrorismo. No solo es falso, sino también indignante.

Han pasado décadas desde que Cuba apoyó la insurrección armada, fundamentalmente en Latinoamérica. Además, ellos apoyaron a movimientos guerrilleros, no a terroristas. Algunos de esos movimientos y líderes considerados terroristas encabezaron genuinos movimientos de liberación nacional y se convirtieron en iconos mundiales. Solo necesito mencionar un nombre para demostrar mi tesis: Nelson Mandela.

Estados Unidos, por el contrario, patrocinó a gobiernos y militares que asesinaron a un arzobispo, violaron y mataron a varias monjas norteamericanas, y asesinaron a un número de profesores jesuitas. Para no mencionar a los 200 000 indios masacrados por los militares guatemaltecos que contaban con el apoyo de EE.UU.

¿Estado patrocinador del terrorismo? Mírense al espejo. La caridad empieza por casa.

Terminaré con unas pocas observaciones, de ninguna manera conclusivas, acerca del colapso del lobby derechista. Durante mucho tiempo, la mayoría de los miembros de la clase política norteamericana han considerado la política hacia Cuba una locura o, como mínimo, un anacronismo. Pero para cambiarla hubiera sido necesario enredarse con el lobby de Cuba, un hatajo de matones, algunos de cuyos miembros son gente extraordinariamente malvada, como Frank Calzón y los hermanos Díaz-Balart, entre otros. Y además está la Florida y la política de las elecciones presidenciales, sumados a la alianza profana de republicanos y demócratas del estado que se unieron para servir como un grupo de arqueros para tratar de impedir que cualquier disparo contra las sanciones se convirtiera en gol.

Cuando imparto conferencias sobre el tema, califico a todo este campo de poder que mantuvo vigente el statu quo acerca de Cuba de “el Muro de Miami”. Ahora un urbanista de Miami está tratando de construir una monstruosidad de edificio de vallas que se dice que llegará al cielo. Eso puede que vuele o no, o que se construya. Pero el Muro de Miami, ese edificio, ha sido demolido.

A pesar del Muro de Miami, la oposición a una política tan irracional, ineficaz y consolidada como esta crece con el tiempo. Sin embargo, incluso a medida que se acerca a ser una masa crítica, se necesita algo más para desatar la reacción en cadena de que somos testigos ahora. Ese algo es voluntad y habilidad políticas.

Las negociaciones de Cuba en particular se realizaron con extraordinaria discreción y sabiduría, no solo por cada parte, sino también por terceros de clase mundial, fundamentalmente el papa. Que las conversaciones realizadas por los jefes de vastas burocracias –la de Cuba, Estados Unidos y el Vaticano– pudieran llevarse a cabo en secreto durante tanto tiempo es una historia sorprendente que se debe escribir.

Por último, a pesar de mis dudas anteriores, debo decir que al final Barack Obama cumplió. Ha hecho mucho de lo que prometió inicialmente. EE.UU. no solo está hablando con Cuba, sino también con Irán. Imagínense eso.

Obama, casi perdí la fe. Lo siento. Y gracias.

30
Abril

Una investigación realizada por la Universidad de Princeton hace algún tiempo calificó a Estados Unidos como un país no democrático por la subordinación de su gobierno a las élites de poder, obviando los intereses de la inmensa mayoría de sus ciudadanos.

La principal potencia económica y militar del mundo y “apaga fuegos” por excelencia de conflictos internacionales supedita su política exterior a los intereses económicos y financieros de las grandes corporaciones.

La simbiosis entre el Estado y el sistema empresarial dominante en el país funciona como el mecanismo de un reloj suizo, en detrimento de las decenas de millones de personas sumidas en la pobreza.

Sin embargo, numerosos analistas además opinan que decrece progresivamente el dominio hegemónico mundial de Washington; perdido en el laberinto de una controvertida intromisión de sus tropas en conflictos que poco tienen que ver con los intereses fundamentales de la ciudadanía norteamericana; mientras peligra el llamado “sueño americano” carcomido por la desigualdad social.

Por otra parte, un polémico libro del economista francés Thomas Piketty que circula en este momento con éxito por las librerías norteamericanas hace hincapié en que la desigualdad social en Estados Unidos ha retornado a los niveles existentes siglos atrás.

No es casual que la plataforma de campaña electoral del Partido Demócrata esté centrada en la lucha por la equidad social, y no en la retórica de la sostenibilidad del Estado de Bienestar cuando se incrementa el inmenso abismo entre ricos y pobres en el país.

Los republicanos, que no quieren perder el carril por donde transitan las demandas de los electores comienzan a recurrir también a un discurso populista en su pretensión de acceder a la Casa Blanca.

Ni siquiera la alternancia bipartidista en el centro de poder de Estados Unidos cambiará la estructura socioeconómica del país, ni tampoco la doctrina que la sustenta. Lo que no significa que lancemos por la borda la utilidad de relaciones bilaterales de carácter económico, comercial y financiero basado en el respeto y utilidad mutuos, pero no debemos importar el espejismo del “sueño americano”.

Los resultados del estudio de los investigadores de la Universidad de Princeton y la teoría del economista Piketty pueden mostrarnos algo conocido. Aunque lo que sobra, si no perjudica no daña.