28
Julio

Todo el mundo pensaba que un grupo terrorista islámico había enviado las cartas envenenadas, pero yo sabía que los responsables eran estadounidenses.

El 15 de octubre de 2001, a menos de un mes de los ataques terroristas a las Torres Gemelas, un atentado con ántrax (carbunco) mató a Bob Stevens, de 63 años, editor fotográfico de un tabloide de la American Media Inc. (AMI) en Boca Ratón, Florida.

El 12 de octubre la prensa informó que Stevens se había infectado en el trabajo. En todo el edificio de la AMI se encontraron esporas de la bacteria, en mayor concentración en la sala de correspondencia y en el teclado de la víctima. El mismo día me llamó por teléfono el agente especial James R. Fitzgerald, destacado experto del FBI en elaboración de perfiles criminales y valoración de amenazas. Me dijo que también habían descubierto esporas en la cadena de radiotelevisión NBC, y que iba a mandarme ciertos documentos: cartas de un terrorista biológico.

La mayor dificultad para investigar un anónimo es la abundancia de este tipo de escritos. Considérese el aluvión de cartas con falsas advertencias de estar contaminadas con ántrax. Desde que se escribió la primera, en abril de 1997, las corporaciones policíacas no han dejado de investigar las falsas alarmas de atentado químico o biológico. La mayoría de las cartas contienen algún polvo casero inofensivo y un mensaje del remitente. La policía y los agentes del FBI ya establecieron un procedimiento para estos casos: confiscar tanto la carta como el sobre, sin permitir que el destinatario conserve ninguna copia; Examinar el polvo para cerciorarse que no es toxico; anunciar que “se investigará el asunto como un delito grave” y guardar los documentos en un archivo donde quizá nadie vuelva a examinarlos.

Por desgracia, al seguirse el mismo procedimiento con escritos sospechosos en casos tan importantes como los  asesinatos con ántrax cometidos en 2001, se pueden pasar por alto pruebas decisivas. Todo el mundo vio reproducciones de las cartas contaminadas con la bacteria, enviadas desde Nueva Jersey, que proclamaban “Muera Estados Unidos. Muera Israel”. Estos breves textos han ayudado a reunir más información de lo que se pensaría. Sin embargo, muchos de los escritos relacionados con los atentados con ántrax se han relegado a los archivos. Por eso me he decidido a hablar de una buena vez.

Cuando el agente Fitzgerald me llamo por teléfono, me explicó que a Erin O’ Connor , asistente en la NBC , le habían diagnosticado ántrax cutáneo a los 17 días de haber abierto un sobre lleno de polvo, dirigido a Tom Brokaw, presentador de noticias de la cadena. (El ántrax cutáneo, que suele contraerse a través de cortaduras o rasguños en la piel, es mucho menos letal que la forma pulmonar, contraída por inhalación, que fue la que mato a Bob Stevens). A los pocos días recibí una copia de la carta, matasellada en Trenton, Nueva Jersey, el 18 de septiembre de 2001. El texto decía:

“09-11-01 ESTO ES LO QUE SIGUE, TOMA PENACILINA YA.

MUERA ESTADOS UNIDOS. MUERA ISRAEL. ALÁ ES GRANDE”

a-fotoEstados Unidos, sacudido todavía por los sucesos del 11 de septiembre, era blanco del terrorismo biológico. El lunes 15 de Octubre, un sobre sellado con cinta adhesiva, al parecer enviado por un escolar, se abrió en Washington, D.C., en la oficina del entonces senador y líder de la mayoría del senado Tom Daschle. Se levantó una nube de polvo en el aire. El texto decía:

“09-11-01  NO PUEDEN DETENERNOS. TENEMOS EL ANTRAX.

MUERAN AHORA. ¿TIENEN MIEDO? MUERA ESTADOS UNIDOS.

MUERA ISRAEL. ÁLA ES GRANDE”.

Se enviaron muestras de polvo - tanto de la carta para Brokaw como de la dirigida a Daschle - a las oficinas centrales del Instituto de Investigación Medica de Enfermedades Infecciosas, una división del Ejército de Estados Unidos (USAMRIID por sus siglas en ingles), en Frederick, Maryland. Los científicos del instituto se alarmaron ante lo que descubrieron. Las esporas eran similares  a las que habían matado a Bob Stevens, el editor fotográfico de Florida: pertenecían a la cepa Ames, que es la utilizada en el programa de defensa biológica de Estados Unidos y cuya distribución, vigilada por el USAMRIID bajo estrictas normas de seguridad, se pensaba que estaba restringida a una decena de laboratorios. Para colmo, se había aumentado considerablemente la peligrosidad del polvo al refinarlo hasta obtener el tamaño mas mortífero de partículas (entre una y tres micras) y una asombrosa concentración de un billón de esporas por gramo.

Al principio estuve muy dispuesto a creer que el ántrax era de una variedad “común y corriente”, como decía la prensa, y que lo habían enviado extremistas musulmanes. Me desconcertó la rapidez que el gobierno anuncio que probablemente se trataba de un caso de terrorismo interno. Sin embargo, una vez que analice las cartas, vi luces rojas… o mas bien, banderas rojas, blancas y azules.

Las  cartas para Brokaw y Daschle estaban fechadas el “09-11-01”. La mayoría de los estadounidenses escriben la facha en este orden (mes-día-año), mientras que en casi todo el resto del mundo el día y el mes se escriben en el orden inverso. De ahí no se deriva forzosamente que un estadounidense haya enviado las cartas, porque los inmigrantes suelen adoptar esa manera de fechar, pero ¿Qué objeto tenía escribir la fecha, y por qué se había elegido ésa en particular?

Aunque el matasellos de la carta para Brokaw era del 18 de septiembre y el de la de Daschle del 9 de octubre, el terrorista quería que las autoridades relacionaran los atentados con lo ocurrido el 11 de septiembre, y cuando alguien nos dice qué pensar, nos hace pensar dos veces.

Otro dato destinado a despistar era la ciudad señalada por el remitente en la carta para Daschle: “Franklin Park, NJ 08852”. Mediante una búsqueda en Internet averigüe que efectivamente hay un Franklin Park en Nueva Jersey, 22 millas al norte de Trenton de donde eran ambos matasellos. Sin embargo, el código postal, 08852, corresponde a otra población de Nueva Jersey: Monmouth Junction. Las tres ciudades están comunicadas por la carretera interestatal 95. Era evidente que el terrorista conocía Nueva Jersey y, al dejar esas pistas geográficas, pretendía que las autoridades lo buscaran allí.

La dirección del remitente en la carta para Daschle - que era idéntica a otra enviada al senador Patrick Leahy, la cual no se descubrió hasta el de 16 noviembre de 2001- era “Cuarto grado, Escuela Greendale”. Desde luego, era ficticia, pensada para que el sobre pareciera inofensivo. En efecto, los niños estadounidenses de cuarto de primaria les escriben a los legisladores, a menudo como parte de sus trabajos  escolares, pero ¿sería posible que una célula de Al Qaeda conociera este detalle de la idiosincrasia estadounidense y le sacara provecho?

Como comprobé que en Nueva Jersey no había ninguna escuela Greendale, investigué si la había en otros estados; encontré varias y tomé nota de ellas. No es raro que quienes escriben amenazas terroristas revelen detalles de su propia experiencia.

El martes 23 de Octubre me presenté en un noticiero matutino para hacer algunas aclaraciones. No debíamos creer el cuento de que ese polvo de ántrax, tan profesionalmente obtenido, había sido manipulado y enviado por alguien que pensaba que el antibiótico indicado para combatirlo era la penicilina, cuyo nombre ni siquiera sabia escribir. Poniendo “panacilina” pretendía hacernos creer que no sabía gran cosa de antibióticos, hasta el grado de no saber escribir “penicilina”, y que no era más que un fanático extranjero, casi iletrado.

Por aquellos días, a varios empleados del New York Post y de la cadena CBS, así como al hijo pequeño de un productor de noticieros de la ABC les diagnosticaron infecciones cutáneas. (En estos caso se recupero solamente una carta contaminada).

Los blancos fueron, pues, un tabloide de Florida, las cadenas ABC, CBS y NBC, el Post y el Senado de Estados Unidos. Los sobres, cuidadosamente sellados con cinta adhesiva, contenían  una nota que aconsejaba al destinatario buscar atención médica. Nada de eso correspondía con el modo de operar AL Qaeda, pero tampoco parecía obra de un multiasesino. La calidad y el origen del polvo, junto con el error de escritura y las  amables advertencias, me llevaron a la conclusión de que el responsable era algún científico estadounidense que intentaba dar un mensaje.

Me puse a imaginar la lógica de nuestro hombre, al que llamaré Equis: Es el 11 de Septiembre y Estados Unidos está sufriendo un ataque terrorista. Equis, ciudadano experto en guerra biológica, sabe que si el enemigo pasa de los aviones al ántrax, estaremos en dificultades. El presupuesto para defensa biológica es insuficiente, y el fabricante de la vacuna BioPort, contra el ántrax, sigue esperando a que la Dirección de Alimentos y Medicinas (FDA) le renueve la licencia para producirla. Bastaría una dosis del agente infeccioso concentrado para poner a todo el país en alerta máxima y obligar al gobierno a dar prioridad al asunto. Los sobres sellados evitarán que el polvo se salga antes de llegar a su destino, y la advertencia adjunta garantizará que las víctimas reciban el antibiótico indicado, ciprofloxacina, a tiempo para no morir. Así, los más destacados especialistas en guerra biológica - entre ellos quizá el mismo Equis - recibirán por fin el reconocimiento y el respeto que desde hace tanto merecen.

A los  pocos días de los ataques del 11 de septiembre, el FBI anuncia que varios de los secuestradores radicaban en Delray Beach, Florida. Equis ya sabe dónde empezar: su primer atentado con ántrax será en el condado de Palm Beach; las autoridades lo relacionarán con la célula terrorista de Delray Beach. Una búsqueda en Internet brinda a Equis el blanco ideal: la AMI, editorial de tabloides de supermercado. Cuando reciban la carta, llamarán a la policía, se analizará el polvo y, al confirmarse que es la bacteria genuina, la defensa biológica será asunto de la mayor prioridad.

Envía la primera carta a la Florida, a la AMI, pero, extrañamente, no pasa nada. Supone que la desecharon sin abrirla. Entre tanto, el FBI averigua que algunos de los restantes secuestradores radicaban en Nueva Jersey. Equis prepara una nueva remesa del veneno. Esta vez sus objetivos son la NBC y el New York Post, y quizá también la ABC y la CBS. El 18 de septiembre deposita en el correo de Nueva Jersey una serie de cartas contaminadas, esta vez acompañadas de un mensaje explícito: “MUERA ESTADOS UNIDOS. MUERA ISRAEL ÁLA ES GRANDE”. Sin duda abrirán alguna. Se mantiene atento a las noticias desde el 18 de septiembre hasta el 1º de octubre, pero tampoco pasa nada. Luego, el 4 de octubre, corre la terrible noticia de que a un editor fotográfico de la AMI, en Boca Ratón, se le diagnosticó ántrax pulmonar. Abrieron, pues, la carta, mas no la atribuyeron a nadie.

El 5 de octubre muere Bob Stevens. Ahora Equis ha matado a un hombre, y el país no ha escuchado la voz de alarma porque las autoridades suponen que Stevens, aficionado a las actividades al aire libre, contrajo la enfermedad de manera natural. Equis se mantiene unos días más a la espera de que se identifique una de sus cartas del 18 de septiembre. Ahora se encuentra en la inquietante posición de tener que advertir al país no solo de la amenaza de Al Qaeda, sino de la que el mismo representa. El 9 de octubre envía sendas cartas a dos senadores de tendencias liberales. En cada sobre ha puesto uno o dos gramos del polvo de ántrax más concentrado y mortífero que ha obtenido hasta ahora. Espera que en esta ocasión se entere todo el país. Seguramente a ambos senadores les administraran ciprofloxacina, y nadie más saldrá lastimado.

El 12 de octubre se descubre la carta del 18 de septiembre dirigida a la NBC. Los estadounidenses por fin entenderán lo indefensos que están ante el terrorismo biológico. Por desgracia, las maquinas de correo que clasifican la correspondencia maltrataron un poco los sobres, y van a enfermarse muchas más personas de las que Equis había previsto.

El 31 de Octubre de 2001, Kathy Nguyen, neoyorquina de 61 años empleada de un hospital del sur del Bronx, muere de ántrax pulmonar. Se toman muestras de su casa, su lugar de trabajo y su buzón, pero no se encuentran esporas. Al quedar empantanada la investigación, se concluye que el deceso es un misterio insoluble y se cierra el caso.

Ottilie Lundgren, mujer de 94 años radicada en Oxford, Connecticut, sucumbe al ántrax el 21 de noviembre. Se cree que contrajo la infección por medio de una carta accidentalmente contaminada con otra. Si se está débil de defensas inmunitarias, bastan unas cuantas esporas para que el Bacillus anthracis comience su sigilosa labor destructiva dentro del organismo. Ottilie tuvo la mala suerte de encontrarse débil. Se calcula que los correos de Washington, D. C., y Nueva Jersey procesaron 85 millones de sobres y paquetes cuando las cartas para Daschle y Leahy pasaron por allí. Por eso es increíble que se hayan enfermado tan pocas personas.

Cuando el FBI acude a Connecticut para investigar la muerte de Ottilie Lundgren, la prensa está ávida de noticias, pero Amerithrax, la brigada a la que se le asignó la tarea, guarda silencio sobre su búsqueda del asesino.

Cuatro meses después de haberse enviado la primera carta mortal, el FBI aún no tenía sospechosos. Debíamos encontrar anteriores escritos del asesino. Me puse a investigar si había habido amenazas falsas de atentado biológico, y descubrí varias, al parecer relacionadas entre si: algunas usaban un lenguaje y unas escrituras similares a los de las cartas del ántrax.

El caso más antiguo ocurrió en abril de 1997. Alguien que firmaba como “los Partidarios de Hillel contra el Holocausto” - nombre tomado de la fraseología de quienes niegan el Holocausto, entre ellos Ernst Zundel - envío una caja de petri a las oficinas centrales de la organización judía Badi Brito en Washington D.C. la caja que se rompió en el correo, contenía un cultivo de Bacillius cereus, bacteria usada para simular los efectos del ántrax en experimentos de defensa biológica. Hubo que llamar a la brigada de mando de sustancias peligrosas, y se evacuaron manzanas enteras de la ciudad.

Al buscar información sobre el asunto encontré una entrevista del Washington Times con Steven Hatfill, entonces virólogo en los Institutos Nacionales de Salud, de quien se decía que había “reflexionado profundamente sobre el terrorismo biológico”. El Times parafraseaba así la explicación de Hatfill sobre “los cuatro grados posibles” de amenaza o atentado biológico:

En el primer grado, como la amenaza contra Bnai Brith, no se usa el agente infeccioso. (“Hola, soy Abdul. Le pusimos ántrax a la comida en la Escuela Throckmorton”. Se trata de una falsa alarma.) Cuando hay amenaza  de bomba en un edificio público, lo evacuamos. ¿Qué hay de las amenazas de atentados con ántrax? Tarde o temprano alguna podría resultar cierta.

En un ataque de segundo grado se sueltan las esporas de las bacteria…pero sin intención de infectar a mucha gente. Probablemente se enfermarían solo unas cuantas personas, y quizás nadie moriría.

El tercero consiste en causar muchos casos de enfermedad y, quizá, de muerte, lo que podría lograrse poniendo esporas de ántrax en el sistema de ventilación de un cine. Bastarían 100 casos de enfermedad o muerte para sembrar el pánico.

El cuarto es provocar una epidemia que se propague sola y sea incontenible.

Busqué en Internet una escuela con ese nombre y no encontré nada interesante aparte de la población de Throckmorton, Texas, salvo el centro Throckmorton de Ciencias Botánicas de la Universidad Estatal de Kansas. Me pregunté si habría alguna relación entre la “Escuela Throckmorton” nombrada como ejemplo por el científico y la “Escuela Greendale” puesta como dirección por el asesino del ántrax.

En 1997 hubo varias emisiones intencionales de gas toxico en aeropuertos de los alrededores de Washington. Al poco tiempo la revista Insight, suplemento del Washington Times publico otra entrevista con Hatfill, en la que éste señalaba que las emisiones quizá fuesen ensayo para un futuro ataque terrorista, posiblemente con polvo de ántrax en vez de gas.

Insight agregaba que Hatfill había trabajado en Zimbabue a fines de los años 70, cuando “una epidemia de ántrax, de causa natural, afecto a 10, 000 personas”. En efecto, Hatfill estuvo en Rodesia (antigua colonia británica que comprendía el actual Zimbabue) en la época del apartheid, y entre1978 y1980 presenció la peor epidemia de ántrax de la historia, en una región de África donde la enfermedad era rara.

Aún se discute si la epidemia fue natural. Los expertos han planteado la posibilidad de que fuese provocada como forma de ataque contra la población negra. Hay quienes sospechan de los Selous Scouts, infame grupo paramilitar que tenia el respaldo del gobierno rodesiano.

En enero de 2002, mientras recopilaba documentos sobre Hatfill y escritos por él (incluidas sus publicaciones científicas no confidenciales), me encontré con una breve auto biografía en la que el médico citaba entre sus antecedentes militares el haber pertenecido, pese a ser estadounidense, a los Selous Scouts. Agregaba que se había recibido en la Facultad de Medicina Godfrey Huggins, de Harare, Zimbabue, a la que asistió de 1978 a 1984. Me puse  a buscar en Internet alguna escuela Greeandale en África. Averigüé que en Harare había una Escuela Courterney  Selous, en el opulento barrio blanco de Greendale, a solo una milla de la Facultad de Medicina Godfrey Huggins, donde Hatfill estudio durante seis años.

Cuando tenía toda la atención puesta en Steven Hatfill, sucedió algo desconcertante: en noviembre de 2001, los mayores expertos occidentales en guerra biológica se reunieron en Swindon, Inglaterra, para asistir a un curso avanzado de la Comisión de las Naciones Unidas de Vigilancia, Verificación e Inspección para Iraq. Mientras se celebraba el curso, que duró 12 días, alguien envió otra carta de amenaza biológica al senador Daschle. El matasellos era de Londres, y de noviembre.

Entre las personalidades que asistieron al curso se encontraba Steven  Hatfill. Sin embargo, como el polvo resulto No tóxico, la carta se abandonó en un archivo y no se estudió más.

En 1999 Hatfill se había separado del USAMRIID para entrar a trabajar a la Corporación Internacional de Aplicaciones de la Ciencia (SAIC), que era proveedora del Departamento de Defensa de Estados Unidos y la CIA. Dejo la SAIC en marzo del 2002, dos meses después de haberse sometido a una prueba de polígrafo en relación con la investigación de los atentados con ántrax, prueba que, según él, el examinador le dijo que había pasado. (Por entonces el FBI estaba interrogando a muchos científicos). Mientras tanto, Hatfill construía un simulador de laboratorio bacteriológico con el chasís de un camión viejo. Cuando terminó su contrato con la SAIC, siguió trabajando en él, y al poco tiempo el Ejército trasladó el simulador a Fort Bragg, Carolina del Norte, a fin de adiestrar a las Fuerzas Especiales en preparación para la guerra contra Iraq.

En diciembre de 2001, Bárbara Hatch Rosenberg, connotada experta en armas biológicas, publicó un artículo en el que sostenía que el responsable de los atentados con ántrax era un científico estadounidense, cuya preparación y el hecho de que tuviera en su poder la cepa Ames hacían pensar que se trataba de un funcionario público, con experiencia en un laboratorio del Ejército. En marzo de 2002 la científica declaró a la BBC que las muertes causadas por el ántrax podían ser consecuencia de un experimento secreto para estudiar la factibilidad de enviar la bacteria por correo… experimento que había resultado fallido a pesar de las precauciones, como el sellado de los sobres con cinta adhesiva. Tan sorprendentes declaraciones le valieron críticas a Rosemberg, aunque fuentes autorizadas en el campo de la guerra biológica opinaron que quizás tenía razón.

En abril me reuní con ella en un restaurante de Brewster, Nueva York, para almorzar y comparar datos. Nos dimos cuenta de que nuestras indagaciones nos habían llevado en la misma dirección, aunque por caminos y razones distintos.

Pasaron las semanas, y perdí la esperanza de que el FBI me enviara los documentos complementarios que necesitaba. También el agente Fitzgerald, el mejor analista de textos de la corporación, pidió permiso para examinarlos y le respondieron con una negativa. Es cierto que yo no soy funcionario interno ni especialista en el tema, pero había colaborado con la institución en 20 investigaciones, desde hacia 6 años, y no me había topado con tanta renuencia a permitir el examen de documentos que podrían resultar de importancia decisiva.

El 18 de junio de 2002 la profesora   Rosenberg, a quien también se le había colmado la paciencia, se reunió con integrantes del Comité Judicial del Senado para presentarles las pruebas que habíamos reunido entre los dos. Estaba presente el jefe de la brigada Amerithrax. Los senadores escucharon a la profesora con atención, y al parecer el FBI también, porque una semana después de la reunión registraron la casa de Hatfill. Según un vocero de la corporación, el registro se llevo a cabo sin orden judicial, pero con el consentimiento del interesado.

A esas alturas estaba yo inundado de cartas, mensajes, currículos y muestras de caligrafía enviados por reporteros y científicos preocupados. Por uno de esos documentos supe que Hatfill había asistido a un seminario sobre terrorismo en Washington, D.C, el 24 de abril de 1997, el mismo día de la amenaza contra la Bnai Brith. Al día siguiente, en una carta a Edgar Brenner, organizador del seminario, escribió: “Tengo mucho interés en conocer mejor este campo”. Añadía que la alarma causada por la caja de Petri, la cual había coincidido con el seminario, demostraba que el asunto era “de vital importancia para la seguridad de Estados Unidos” . Entre otros papeles que habían llegado a mis manos estaba un falso titulo de doctorado, de la Universidad Rhodes, que Hatfill quizá haya utilizado para conseguir cargos públicos.

Me resultó no menos interesante la novela inédita de Hatfill, Emergence (Aparición). La examiné en la Oficina de Derecho de Autor de Estados Unidos, en Washington. Trata sobre un virólogo iraquí que, por cuenta de un patrocinador anónimo, comete un atentado biológico en Estados Unidos con una identidad facilitada por el Ejército Republicano Irlandés y un atomizador como el que Steven J. Hatfill porta en una foto publicada por el Washington Times. Un científico llamado Steven J. Roberts acude al rescate, y sus pesquisas lo llevan a la conclusión de que el ataque provino de Iraq. La historia culmina con un bombardeo nuclear estadounidense sobre Bagdad.

Sin embargo, hay un final inesperado. En un epílogo de tres páginas, el narrador, un mafioso ruso, revela que fue su organización, y no Iraq, la que patrocinó el atentado:

Conseguimos lo que queríamos: que el FBI dedicara todos sus esfuerzos a combatir el terrorismo químico y biológico, lo que ha permitido la expansión sin precedente de nuestra organización.

En el verano del 2002 el  fiscal general de Estados Unidos, John Ashcroft, Declaro a Steven Hatfill una “persona de interés”. En agosto, el FBI volvió a registrar el departamento del médico, en Maryland. Los agentes encontraron en el refrigerador un recipiente con Bacillus thuringiensis, bacteria comúnmente empleada como plaguicida contra orugas, pero que también se usa para similar a la del ántrax… y es la preferida de Iraq.

El 25 de agosto, en una dramática conferencia de prensa, Hatfill protestó por ser víctima de una persecución, negó su culpabilidad y explicó por qué era imposible que él hubiera cometido los crímenes. Ésa fue la primera vez que lo vi. Era un hombre de 5 pies 11 pulgadas de estatura y 210 libras de peso, ojos azul claro y boca arqueada hacia abajo. Agregó que no le habría importado que lo investigaran sino fuera porque el fiscal Ashcroft había “faltado al noveno mandamiento: ‘No levantarás falso testimonio’”. Al decir estas palabras se le quebró la voz y los ojos se le llenaron de lágrimas.

La prensa estadounidense parecía disfrutar desacreditando al FBI. Durante los primeros nueve meses de la investigación, la agencia fue criticada por no llegar a ninguna parte y, después, por arruinarle la vida a un hombre.

Cuando el gobierno lo declaró “persona de interés”, no se equivocaba, aunque después haya dicho que lamentaba el calificativo. (A través de de sus abogados, Hatfill declinó hacer comentarios para este artículo). Sea o no culpable, no tengo intención de acusarlo de los asesinatos con ántrax. Aunque estoy convencido de que el responsable es un científico estadounidense, el día de mañana a él podrían declararlo libre de toda sospecha (lo  cual quizá ya haya ocurrido cuando usted lea esto). Más importante todavía, no hay pruebas contundentes que lo impliquen en ningún delito. Sin embargo, la gente tiene derecho a saber más sobre el sistema que permitió a Steven Hatfill llegar a ser uno de los expertos en terrorismo biológico más importante de Estados Unidos, pese a tener un falso título de doctorado y haber reconocido, en época tan reciente como el año 2001, sus nexos con los paramilitares del gobierno racista de Rodesia durante la epidemia de ántrax en ese país. Tengo tres versiones de su currículum, y las tres contienen mentiras o afirmaciones engañosas.

¿Como es posible que semejante sinvergüenza haya asesorado a la CIA, el FBI, la  Agencia de Inteligencia de  Defensa, el Ejército, la Armada, la Infantería de Marina y el Departamento de Estado en materia de gérmenes mortíferos y terrorismo biológico? ¿Cómo adquirió, según dice en su currículum, conocimientos prácticos sobre los antiguos programas estadounidenses y extranjeros de guerra biológica, agentes infecciosos, húmedos y secos; producción en gran escala de gérmenes y toxinas de bacterias rickettsias y virus, estabilizadores y otros aditivos para la guerra biológica; dispersión de uno y dos líquidos con aspersor  y diseño de bomba ¿Como consiguió autorización para manipular, en los principales laboratorios militares, virus infecciosos exóticos, como el del Ébola, y agentes patógenos de tercer grado de peligrosidad, como los de la peste bubónica y el ántrax? ¿Cómo es posible qué a un hombre cuyo currículum está plagado de incongruencias le hayan permitido siquiera el acceso a los edificios en que se guardan estos agentes?

 

(Exclusiva de Discrepando)

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