Al día

09
Abril

Acosado por sucesivas derrotas en el Congreso –el  rechazo a su proyecto de eliminar el Obamacare- y en la Justicia, por el tema de los vetos a la inmigración de países musulmanes,  Donald Trump apeló a un recurso tan viejo como efectivo: iniciar una guerra para construir consenso interno.

Los frutos de su iniciativa no tardaron en aparecer. En el flanco interno, el chauvinismo y el belicismo de la sociedad y la cultura política norteamericanas le granjearon el inmediato apoyo de republicanos y demócratas por igual.

El magnate neoyorquino estaba urgido de ello: su tasa de aprobación ante la opinión pública había caído del 46 al 38 por ciento en pocas semanas; un sector de los republicanos lo asediaba “por izquierda” por sus pleitos con los otros poderes del estado y sus inquietantes extravagancias políticas y personales; otro hacía lo mismo “por derecha”, con los fanáticos del Tea Party a la cabeza que le exigían más dureza en sus políticas anti-inmigratorias y de recorte del gasto público y, en lo internacional, ninguna concesión a Rusia y a China. Por su parte, los demócratas  no cesaban de hostigarlo. En el plano internacional las cosas no pintaban mejor: mal con la Merkel durante su visita a la Casa Blanca, un exasperante subibaja en la relación con Rusia y una inquietante ambigüedad acerca del vínculo entre Estados Unidos y China. Con el ataque a Siria, Trump espera dotar a su administración de la gobernabilidad que le estaba faltando.

Los frutos de su iniciativa no tardaron en aparecer. En el flanco interno, el chauvinismo y el belicismo de la sociedad y la cultura política norteamericanas le granjearon el inmediato apoyo de republicanos y demócratas por igual. Quien antes aparecía como un peligroso neofascista o un incompetente populista emergió de los escombros de la base aérea de Al Shayrat como un sabio estadista que “hizo lo que debía hacer”.

Tanto la impresentable Hillary Clinton como el anodino John Kerry no ahorraron elogios al patriotismo y la determinación con que Trump enfrentó la inverosímil amenaza del régimen sirio, a quien se le acusó, contra toda la evidencia, de haber utilizado el gas sarín que días atrás produjo la muerte de al menos ochenta personas en un ataque perpetrado en la ciudad de Jan Sheijun.

Mentiras. Fuentes independientes señalan que esa macabra operación no pudo ser causada por Damasco sino por los “rebeldes” amparados y protegidos por Occidente, las tiranías petroleras del Golfo y el gobierno fascista de Israel. El área en donde se produjo la masacre estaba bajo el control del Al-Nusra, rama de Al Qaida que Naciones Unidas y EEUU habían calificado como terrorista. En el 2013 el gobierno sirio firmó su adhesión a la Convención para la Prohibición de Armas Químicas (OPAC) y tres años más tarde el país fue declarado territorio libre de armas químicas. Así reza el informe que esa organización elevó al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Claro está que una parte de ese arsenal pudo haber sido capturado y escondido por Al-Nusra, facilitada esta maniobra por la debacle en que estaba sumida Siria a causa de la guerra. Pero al  bombardear la base aérea de Al Shayrat Washington destruyó al equipo y el arsenal militar que presuntamente podría haber probado que fue el ejército sirio quien cometió el crimen con el gas sarín. ¿Por qué destruir la evidencia que eventualmente podría culpabilizar (o inocentizar) a Al-Assad, se preguntaba la vocera de la cancillería rusa? Destruir pruebas es un delito, o por lo menos una actitud sospechosa, sobre todo si se atiende a la inevitable pregunta que hace Günter Meyer, director del Centro de Investigaciones del Mundo Árabe, con sede en Maguncia, Alemania, y que reproduce un cable de la Agencia Deutsche Welle.

En cualquier película policial-asegura Meyer- cuando se investiga un crimen los detectives se preguntan quién gana y quien pierde con lo ocurrido. En este caso la pregunta tiene una clara respuesta: "De semejante ataque con gas letal solo pueden beneficiarse los grupos opositores armados” y (agrego por mi parte)  sus aliados en Occidente, a la vez que sólo puede perjudicarse el gobierno sirio. Entonces, ¿por qué cometería semejante crimen? ¿Puede  Al-Assad ser tan estúpido? No parece, porque de haberlo sido ya habría sido derrocado hace años.

Todas estas consideraciones fueron soslayadas por Trump. Y en esto el  outsider demostró no serlo tanto porque siguió al pie de la letra el guión al cual se ajustaron los presidentes que le precedieron, desde Bush padre a Barack Obama, pasando por Bill Clinton y Bush hijo: atacar, invadir, ocupar naciones usando como pretexto un torrente de mentiras y difamaciones –eufemísticamente llamadas “posverdad” por los infames manipuladores de la opinión pública mundial- que persiguen justificar lo injustificable.

Todos conocemos la historia de las “armas de destrucción masiva” que supuestamente tenía en su poder Saddam Hussein y que jamás se hallaron, ni antes de la destrucción del régimen ni después. Pero la tragedia igual fue consumada a partir del 2003 porque la mentira se había arraigado en la sociedad americana. Todo sabían, además, que el único país de la región que las poseía era Israel, pero como es el gendarme regional del imperio eso es una nimiedad que se oculta cuidadosamente ante los ojos de la opinión pública y que intencionadamente marginan de sus análisis  los más sesudos especialistas.

Con el ataque del viernes pasado Washington violó, por enésima vez, la Carta de las Naciones Unidas demostrando más allá de toda duda que el presunto “orden mundial” no es tal sino un brutal e inmoral “desorden mundial “ en donde rige la máxima bárbara del derecho del más fuerte.

Pero no sólo eso: Trump también violó la Carta de la OEA, que en su Capítulo 2, inciso 9, dice textualmente que “los Estados americanos condenan la guerra de agresión: la victoria no da derechos”. Sería bueno que el Secretario General de esa siniestra organización, Luis Almagro, tan preocupado por aplicar la Carta Democrática a la República Bolivariana de Venezuela tomara nota de esto y denunciara a Washington, con el mismo ardor con que enjuicia a Caracas,  por su agresión a Siria.

Ante la gravedad de la situación es obvio que Rusia no permanecerá de brazos cruzados: tiene en Siria una vital base naval en Tartus que le abre las puertas del Mediterráneo (y de ahí al Atlántico Norte) a su flota del Mar Negro anclada en Sebastopol y también una base aérea en Latakia. China e Irán también tienen  intereses en juego en Siria y una Rusia cercada por tierra -con la OTAN estacionada a lo largo de toda su frontera occidental  con lo que algunos observadores consideran como el mayor despliegue de fuerzas y equipos de toda  su historia- y por mar si llegara a producirse la caída de Al-Assad.

En tal caso Moscú no tendría sino dos alternativas: aceptar mansamente su sumisión a los dictados de Estados Unidos, cosa que obviamente no está en el ADN de Vladimir Putin y que por lo tanto jamás hará; o activar su poderoso dispositivo militar y aplicar represalias selectivas intensificando su campaña en contra del ISIS creado y protegido por Washington e, inclusive, adoptando una postura más activa en caso de una nueva agresión norteamericana. Cuesta pensar de otro modo cuando se ataca a un país como Siria que, junto a Rusia, había logrado grandes éxitos en controlar a la horda de fanáticos que sembró el terror en Siria y otras partes de Oriente Medio.

El inesperado giro de Trump (que en su campaña había divulgado nada menos que 45 tuits diciendo que “atacar a Siria era una mala idea porque podría precipitar el estallido de la Tercera Guerra Mundial”) debe poner en guardia a todos los pueblos y gobiernos del planeta porque con el ataque a Siria el mundo camina sobre el filo de una navaja. Esta actitud de vigilancia y preparación para la lucha debe ser impulsada en Nuestra América, especialmente cuando se analizan las muy recientes declaraciones del Jefe del Comando Sur, Kurt Tidd, ante el Comité de Fuerzas Armadas del Senado de Estados Unidos.

En esa ocasión textualmente habló de “una creciente crisis humanitaria en Venezuela que eventualmente podría obligarnos a una respuesta regional.” Los latinoamericanos y caribeños sabemos lo que esas palabras significan y estaremos preparados para desbaratar esos planes. Suenan los tambores de guerra en la Casa Blanca y no sería de extrañar que aparte de continuar con sus operaciones bélicas en Siria hubiera en Washington  quienes crean que llegó el momento de ajustar cuentas con Corea del Norte y Venezuela, dos espinas que hace mucho tiempo Tío Sam tiene clavadas en su garganta.

Cuando comienzan su periplo descendente los imperios potencian su barbarie y tratan de retrasar lo inevitable apelando a cualquier recurso, entre ellos, inventando guerras. No sería de extrañar entonces que ante este cuadro de situación, cuando son los propios estrategas imperiales los que se desvelan por tratar de detener su declinación, Trump intentara “normalizar” el mapa sociopolítico latinoamericano y del sudeste asiático recurriendo al lenguaje de los misiles. Si lo hiciera se llevaría una sorpresa enorme.

09
Abril

Este viernes, Siria fue testigo de un acto sorprendente por parte del presidente de EEUU, Donald Trump, quien ordenó atacar la base aérea de Al-Shairat.

El ataque se realizó con 59 misiles tipo Tomahawk, contra una de las bases aéreas más grandes del país árabe que lideraba las ofensivas sirias contra los terroristas en la zona.

En este artículo estudiamos los motivos detrás del ataque que están relacionados con la situación en Siria y lo que está pasando en el territorio estadounidense, además de analizar sus consecuencias para la seguridad mundial ante el terrorismo takfirí.

Situación en Siria

El ataque se llevó a cabo en un momento trascendental, en el que Siria después de tomar el pleno control de la ciudad de Alepo, considerada como el símbolo de los opositores, aceleró su avance en la lucha contra los terroristas y estaba ganando más territorios, algo que tuvo efecto directo en las negociaciones con la oposición. Justo después del avance significativo del ejército sirio en el terreno, la oposición se sentó en la mesa de diálogos en Astaná (capital de Kazajistán), donde por primera vez se vio un avance en las negociaciones y se estableció un alto el fuego relativamente estable por varias semanas en Siria. Todo indicaba que la situación en el país árabe y las conversaciones se encaminan hacia un resultado constructivo.

Sin embargo, lo que estaba pasando en el país árabe era absolutamente inaceptable para el frente saudí-occidental que habían invertido miles de millones de dólares para derrocar al gobierno de Bashar al-Asad. De un lado, ellos veían a una oposición más débil que nunca y por el otro, el presidente Bashar al-Asad que ya tenía la iniciativa de restablecer la situación en el país.

En estas circunstancias y para afectar la voluntad de Siria, Irán y Rusia en la lucha contra el terrorismo y derrocar a Asad, se necesitaba una excusa y la mejor de todo era un ataque químico, para luego convencer a la opinión pública mundial de que la tragedia sigue en Siria y que ya es el momento de poner fin a la violación de derechos humanos en el país árabe, lo mismo que se hizo con el dictador iraquí, Sadam Husein, en 2003. Y de este modo, se llevó a cabo un ataque químico contra Jan Sheijun, en la provincia noroccidental de Idlib, asalto que se saldó con 86 muertos y generó imágenes impactantes.

No obstante, las acusaciones contra el gobierno sirio y echar la responsabilidad del ataque al ejército sirio es algo lejos de realidad por varios motivos. Primero de todo, es que después de que el expresidente estadounidense, Barack Obama, amenazara a Siria con una guerra directa en 2013, Damasco en el marco de un acuerdo entre Rusia y Estados Unidos, firmado el 14 de septiembre de 2013, destruyó sistemáticamente todo su arsenal de armas químicas. Además, el proceso de desarme químico sirio se llevó a cabo con el apoyo logístico y administrativo de Naciones Unidas.

El segundo motivo que nos hace difícil creer que el gobierno sirio llevó a cabo el ataque es la situación en el país árabe. Después de 6 años de guerra, Siria es testigo de una tregua casi estable y las negociaciones entre el gobierno y la oposición han sido constructivas. Teniendo en cuenta los dos factores importantes mencionados, se puede decir que el ataque era vital en la política exterior estadounidense para frenar el proceso positivo en Siria.

 

Situación en EEUU

 

A parte de lo que estaba pasando en Siria, el ataque del viernes de EEUU podría estar relacionado con lo que experimenta Donald Trump en su país.

La agresión estadounidense contra la base siria, se llevó a cabo justo en el momento de alta tensión dentro EEUU y el inicio de una investigación acerca de la relación entre Trump y Rusia. Unas investigaciones que podría incluso terminar en la detención de los allegados del presidente estadounidense. Esto, debido a que Trump tanto desde el punto de vista de su pueblo como a nivel internacional es reconocido como aliado de su homólogo ruso, Vladimir Putin, por lo que necesitaba hacer algo para descartar las acusaciones y así atacó aliado principal de Rusia en Oriente Medio.

El otro motivo, reside en que en los últimos meses casi todos los planes y las reformas propuestas por Trump fueron rechazados en el Congreso, desde la reforma migratoria hasta Trumpcare. Sin embargo, la medida militar contra Damasco, por primera vez se unió a todos los senadores, incluso a los demócratas a su favor.

El otro factor residía en la presión del lobby sionista en EEUU, además de Arabia Suadí contra Trump por adoptar una postura diferente de Obama en la política exterior, especialmente acerca de Siria. Esto después de las declaraciones del secretario de Estado de EEUU, Rex Tillerson, en Turquía donde dijo que el propio pueblo sirio debe decidir el futuro de Asad. Así que después del ataque a Siria, los sionistas, saudíes y turcos acogieron con beneplácito la iniciativa de Trump.

 

Consecuencias de atacar Siria

 

Atacar a Siria, un país que lleva más de 6 años luchando contra los terroristas takfiríes que reciben apoyo logístico y financiero por parte de Arabia Saudí, Catar, Turquía y países occidentales, es equivalente a no solo luchar contra el gobierno sirio, sino significa el fortalecimiento de los terroristas que están a punto de fracasar en Siria e Irak, dos principales centros de operación de grupos terroristas.

En este contexto, se debe mencionar que el fortalecimiento de los terroristas significa el aumento de actos terroristas en todo el mundo, cuyo efecto estamos viendo cada día en diferentes países. Cada día se escucha una noticia de secuestro, atropello de la gente corriente, ataques con bombas en aeropuertos y centros comerciales. Así que, los patrocinadores de los terroristas ya deben saber que el terrorismo no se queda en Oriente Medio y fuera de sus territorios, sino tiene efecto bumerán y afectará a ellos mismos. Por lo tanto, hay que apoyar a los países que están luchando contra este flagelo para restablecer la seguridad y estabilidad en el mundo.

09
Abril

Un editorial de The Wall Street Journal criticó fuertemente en marzo a Donald Trump por sus exageraciones y falsedades. Al alertar a sus lectores bajo el título de “La credibilidad del presidente”, decía que si el gobernante anunciara que Corea del Norte “había lanzado un misil que cayó a cien millas de Hawai, ¿le creerían la mayoría de los estadounidenses?”.

¿Creerán ahora el argumento utilizado por Washington para atacar una base aérea siria partiendo de que el gobierno de Bashar al-Assad utilizó armas químicas en un ataque el pasado 4 de abril? La verdad, en última instancia, tiene que abrirse paso a través del barraje mediático.

Pero ¿cómo olvidar el engaño en el que se basó Estados Unidos en marzo de 2003 para desatar una guerra contra Irak y que costó cerca de un millón de muertos? ¿De qué valdría la posterior autocrítica de George W. Bush de que había sido un error asegurar que el país árabe poseía armas de destrucción masiva?

Como si se tratara de una reedición de aquellos hechos, Trump aseguró: “No hay duda de que Siria usó armas químicas prohibidas”, mientras se encontraba en Florida en unión de su homólogo chino Xi Jinping. Mientras Dmitry Peskov, vocero del gobierno ruso, dijo que Vladimir Putin percibe el ataque como “un intento de distraer al mundo de las muertes civiles provocadas por la intervención militar de Estados Unidos en Irak”.

La Casa Blanca tuiteó el viernes una fotografía del presidente Donald Trump, junto a colaboradores que siguen en una pantalla las explicaciones del vicepresidente, Mike Pence; el secretario de Defensa, James Mattis; y el jefe del Estado Mayor Conjunto, Joseph Dunford, miembros del equipo de Seguridad Nacional, sobre los resultados del ataque. También se observa en la cita al secretario de Estado, Rex Tillerson; a Jared Kushner, consejero y yerno del presidente; así como a Steve Bannon, el “supremacista blanco”, quien también habla al oído del magnate.

La cadena BBC, que reprodujo la foto, se cuestiona la presencia en la reunión del equipo económico del mandatario, es decir, el secretario de Comercio, Wilbur Ross, y el secretario del Tesoro, Steve Muchin; atribuyéndola a que podría ser debido a las conversaciones con el líder chino.

Por mi parte, considero posible que tratándose de una agresión que pudiera derivar en una nueva guerra de rapiña, es importante la presencia de los encargados de diseñar el escenario para que, tras las botas militares, ingresen las transnacionales.

Trump se reunió con sus colaboradores en el club privado de Mar-a-Lago, en Palm Beach, donde el magnate había ordenado habilitar una sala -de comunicaciones secretas y seguras- que le permite trabajar con información clasificada.

¿Qué sigue ahora? Es probable que se desate una escalada militar en la región, en medio de un clima de sospechas acerca de los verdaderos objetivos del ataque. Por lo pronto, los beneficiarios son los opositores internos y externos de Damasco.

Pero más allá, creo que se impuso la concepción militarista para engrosar las arcas del Pentágono; además, para recuperar la confianza de países europeos en Washington; dar un nuevo aliento a la OTAN; aplacar las especulaciones sobre vínculos entre Trump y Rusia; y tratar de levantar la imagen de uno de los presidentes más despreciados en la historia de Estados Unidos.

08
Abril

El director cinematográfico y músico serbio Emir Kusturica considera que cuando Washington finalmente decida comenzar la Tercera Guerra Mundial, lo hará con un bombardeo aéreo al canal televisivo RT (Russia Today), que se ha convertido en un arma extremadamente poderosa que desafía al hasta hace poco tiempo absolutamente dominante sistema de propaganda global estadounidense.

En un artículo publicado por el diario serbio Politika, Kusturica compara a RT con las más poderosas armas de la Federación Rusa, incluso con el SS-18, un misil balístico intercontinental al que la Organización del Tratado del Atlántico del Norte (OTAN) llama “Satanás: ¡el diablo que nunca viene solo!”.

Junto a este poderoso cohete y muchas otras innovaciones de carácter propiamente militar, el sistema televisivo de Russia Today se incluye entre los más eficaces ingenios del arsenal ruso.

La red de RT, dice Kusturica, contrarresta efectividad del estereotipo de Hollywood en materia de información que es la CNN (Cable News Network o Cadena de Noticias por Cable), “un canal de televisión estadounidense en el que las personas son buenas o malas, pero los negros, los hispanos, los rusos y los serbios son siempre los villanos y los norteamericanos blancos, dondequiera que los veas, son OK!”.

En la práctica, los observadores más avezados en temas de propaganda en el plano internacional valoran a CNN como difusor de los puntos de vista oficiales de la política exterior del gobierno de los Estados Unidos en los medios, aunque ello no se exprese formalmente en su programación ni se confirme o acepte por sus representantes oficiales.

El ex Secretario de Estado John Kerry y varios congresistas republicanos se molestaban porque RT difundiera en todo el mundo argumentos contra la idea de la inevitabilidad del capitalismo liberal; que Estados Unidos es el líder mundial del caos; que Monsanto no está produciendo alimentos sanos; que la Coca-Cola es ideal para la limpieza de automóviles y aleaciones pero no para el estómago de los humanos; que en Serbia el promedio de personas que mueren de cáncer ha aumentando drásticamente debido a los bombardeos de la OTAN en 1999; que las huellas de la CIA están en la crisis ucraniana y que fueron mercenarios de Blackwater quienes dispararon contra el policía ucraniano y no activistas de Maidan como mentirosamente difundió Occidente.

RT es una amenaza real para la propaganda de estado de Estados Unidos porque les llega a los estadounidenses “en sus propias casas y en un perfecto inglés, mejor que el que se usa en CNN.”

Y es por ello, recuerda Kusturica, que Washington busca silenciar a RT por la fuerza, como hiciera la OTAN con la televisión estatal Serbia en abril de 1999.

Por su parte, según suposición de Emir Kusturica, Moscú también desearía destruir a la CNN, abanderada principal de la propaganda exterior estadounidense y su vocero primordial en la difusión radio televisiva. “CNN asegura en sus transmisiones que desde la década de 1990 Estados Unidos de América ha sido líder en las acciones humanitarias y no en las guerras, como si de sus aviones militares descendieran ángeles en vez de lluvias de bombas asesinas, lo que lanzan sin piedad”, dice el cineasta.

Es verosímil la idea de que el Pentágono recurra a la fuerza para acallar a RT porque se conoce que ésta ha comenzado a llegar cada vez más a los corazones de los estadounidenses, en horario estelar, con un mensaje que desmitifica el sueño americano y revela muchas verdades que han estado ocultas durante décadas de los ojos de los norteamericanos.

Nacido en la actual Bosnia y Herzegovina, Emir Kusturica es un cineasta serbio de 60 años, actor y músico. Ha ganado numerosos premios internacionales por sus películas y, en 2007, fue nombrado Embajador de Serbia en la UNICEF.

CNN, es un canal de televisión estadounidense fundado en 1980 por el empresario Ted Turner. Actualmente se identifica como parte de la corporación Time Warner, y se dice operado por Turner Broadcasting System, una subsidiaria de Time Warner. CNN fue la primera cadena de televisión en cubrir noticias las 24 horas del día.

Inicialmente, por la orientación política que se atribuía a Turner, se le reputaba a CNN una proyección más progresista, pero pronto, a raíz de su adquisición por otros intereses, perdió su orientación de apariencia independiente hasta convertirse en lo que es hoy: el más fiel vocero de la política exterior de Estados Unidos.

Su filial CNN en Español tiene por sede la ciudad de Atlanta, donde mismo la tiene la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA).