Al día

02
Noviembre

El derecho de libre determinación de los “pueblos” a decidir su propia forma de gobierno, desarrollo económico, social y cultural; y estructurarse libremente, sin injerencias externas y de acuerdo al principio de igualdad, está adquiriendo nuevas formas de dominación. Los fracasos de los recientes referendos independentistas en el Kurdistán y Cataluña, sacan a la superficie la contradicción entre la voluntad popular y el orden jurídico de sometimiento establecido.

En efecto, el pasado 25 de septiembre, en la región autónoma del Kurdistán iraquí y territorio en disputa de Kirkuk, más de 5,3 millones de kurdos fueron convocados por Masud Barzani, primer presidente electo democráticamente, a una consulta popular sobre el estatus del territorio a pesar de la oposición del gobierno de Irak, tras no alcanzar una solución el reparto de los ingresos del petróleo y la soberanía de las regiones en disputa, tal como lo contemplaba la Constitución del 2005.

Con una participación del 78 % de los electores, la Alta Comisión Electoral del Kurdistán iraquí, anunció que más del 92,73 % de los consultados se pronunciaron en favor de la independencia, 7,27 % votaron “no” y 1,21 % de los votos resultaron nulos, contundente expresión de la voluntad popular del pueblo kurdo, resultado que no fue reconocido por el gobierno iraquí ni por una instancia internacional.

En respuesta al desafío independentista, Bagdad envió sus tropas a recuperar los territorios situados fuera de la región autónoma ocupados militarmente desde 2003, incluyendo la provincia petrolera de Kirkuk, región clave para asegurar la viabilidad económica de un posible Estado Kurdo, cerró el espacio aéreo a vuelos internacionales y cerró los pasos fronterizos con Irán y Turquía. Ello obligó al presidente Barzani a anunciar que deja su cargo a partir del 1 de noviembre.

Igual suerte corrió el referendo independentista de Cataluña del pasado 1 de octubre, convocado por el gobierno catalán, previa aprobación de su Parlamento, que arrojó inequívoco resultado de la voluntad del pueblo catalán, al favorecer la independencia. Con la participación de un 43,03 %, (2, 262,424 electores) 2, 020,144 favorecieron el “si” y 176,565 el “no”.

Tras conocer el resultado del referendo, el presidente, Mariano Rajoy, invocó el artículo 155 de la Constitución Española de 1978, desconociendo la mayoritaria voluntad del pueblo catalán, al declarar “ilegal” el referendo, destituir el Gobierno autónomo y su Parlamento, y anunciar elecciones para el próximo 21 de diciembre. El Artículo 155 establece el procedimiento para que el gobierno adopte las medidas necesarias para “obligar” a la “comunidad autónoma” al cumplimiento “forzoso” de sus obligaciones.

Posteriormente el Tribunal Constitucional, acordó suspender cautelarmente la declaración de independencia. El polémico proceso culminó con el refugio en Bruselas del destituido presidente catalán, Carles Puigdemont y 7 de sus asesores.

Los países que se pronunciaron sobre ambos referendos, lo hicieron para desconocerlos. El resto guardó silencio. Nadie instó al diálogo. El acomodo constitucional de los intereses económicos, tuvo más valor que la voluntad popular democrática.

La Constitución de Irak, fue escrita por los invasores norteamericanos y “aprobada” en referendo en medio de la ocupación militar y estallido de coches bombas. La Constitución de España fue redactada y aprobada en 1978, por una clase política nacida de la dictadura franquista que sojuzgó con mano de hierro las 17 nacionalidades históricas de España, declaradas desde entonces, comunidades autónomas para frenar su rebeldía.

02
Noviembre

Hoy se conmemoran 100 años desde el fatídico acuerdo entre el sionismo y el imperio británico para dar rienda suelta a los objetivos de colonización de Palestina.

Una colonización que sería llevada a cabo por parte de colonos judíos europeos, alentados por la dirigencia sionista y bajo el mito religioso del retorno a una tierra prometida por una divinidad, que lo mismo exhibía títulos de dominio que exclusividad y preferencias respecto a pueblos elegidos.

Ese convenio al que hago mención se denomina “Declaración Balfour” y refiere, en específico, a una carta enviada por el Secretario de Relaciones Exteriores británico Arthur James Balfour al Barón Lionel Walter Rothschild, líder de la comunidad judía de Gran Bretaña e Irlanda , el día 2 de noviembre del año 1917, para que el contenido de esta misiva, para que fuera conocida y discutida en el seño de la Federación Sionista.

Una Declaración que surge como parte de un diseño de dominio de Oriente Medio, que tiene su comienzo con el Acuerdo Sykes-Picot entre Gran Bretaña y Francia, que incumple las promesas efectuadas al mundo árabe de permitir la conformación de Estados Independientes,  ya que el objetivo era justamente contar con el apoyo de esos pueblos para combatir al Imperio otomano pero luego apoderarse de los territorios bajo su dominio. Es así que la continuación lógica de Sykes-Picot fue la Declaración Balfour, que tendría también a Mark Sykes, como arquitecto de esta conducta lesiva para millones de seres humanos que vivían en Oriente Medio.

Una declaración con consecuencias hasta el día de hoy otorgando un apoyo político en Gran Bretaña y otros gobiernos occidentales a un sionismo en ciernes, cuestión que condujo a la creación del mandato británico en Palestina tras el derrumbe del imperio otomano, que facilitaría la llegada de colonos judíos a Palestina y con ello sentar las bases para construcción artificia de la entidad sionista el año 1948, sostén del actual conflicto que sacude esta zona del mundo.

El Sykes que refiero es el mismo que gestó una reunión en Londres en febrero del año 1917 donde asistieron los multimillonarios e influyentes miembros de la Federación Sionista con Sede en Gran Bretaña,  Walter Rothschild, Herbert Samuel – quien hizo un llamado a ejercer un protectorado inglés sobre Palestina - y Chaim Weizmann – de origen bielorruso y quien sería el primer presidente de la entidad sionista el año 1948 - entre otros. El inicio, por tanto de una migración de judíos, especialmente europeos, a una región donde vivían escasísimos judíos, esencialmente religiosos, pero no sionistas como aquellos que llegaban allende el mediterráneo.

La Declaración Balfour, es un documento que delata la complicidad entre la política imperial británica y los cuerpos dirigentes del sionismo, que en virtud del poderío financiero y su privilegiada posición en círculos de poder, tanto en Francia, Estados Unidos como en Gran Bretaña, habían comenzado un intenso lobby destinado a conseguir la aprobación del Imperio Británico – en ese momento una de las principales potencias económicas y militares del mundo – para intensificar el proceso de colonización de tierras palestinas. Un fomento de traslado de judíos, principalmente asquenazis, que se trasladan a una tierra de la cual tenían nula referencia y un arraigo inexistente pero del cual comienzan a interesarse vista las promesas de poseer tierras y bienes provistos por los multimillonarios sionistas europeos, que financiaban esta operación colonial. Unido ello al objetivo de hegemonía regional por parte del gobierno británico que comienza a ansiar la hegemonía sobre de esas tierras, en ese momento bajo el dominio de un imperio otomano en franca decadencia. Y para ello que mejor ¿Qué mejor que contar con la mano de obra, el trabajo sucio de colonos dispuestos a todo por un ideal construido a punta de mitos?

La Declaración Balfour, a pesar del intento sionista de presentarlo como la base jurídica de su supuesto derecho a una tierra que no les pertenece,  era una carta de fuerte contenido político y propagandístico, que en esencia menospreciaba los derechos de millones de habitantes que vivían en ese entonces en Palestina. Era una carta que prometía algo que los ingleses no poseían, a la cual no tenían derecho bajo ninguna ley internacional. Por tanto mal se podía otorgar a otros lo ajeno. Una carta bajo el marco de una mentalidad imperialista donde se señalaba “Estimado Lord Rothschild. Tengo el placer de dirigirle, en nombre del Gobierno de Su Majestad, la siguiente declaración de simpatía hacia las aspiraciones de los judíos sionistas, que ha sido sometida al Gabinete y aprobada por él. El Gobierno de Su Majestad contempla favorablemente el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío y hará uso de sus mejores esfuerzos para facilitar la realización de este objetivo, quedando bien entendido que no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina ni los derechos y el estatuto político de que gocen los judíos en cualquier otro país.  Le quedaré agradecido si pudiera poner esta declaración en conocimiento de la Federación Sionista. Sinceramente suyo, Arthur James Balfour”

La realidad demostró que dichos deseos eran una mera  hipocresía y un apoyo decidido al Movimiento sionista, para comenzar un proceso de colonización de tierras en Palestina. Tal es así que el propio Balfour, el mismo que hablaba de respeto y no perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en palestina, el día 19 de enero del año 1919 sostuvo, en otra carta al gobierno británico "En Palestina ni siquiera nos proponemos pasar por la formalidad de consultar los deseos de los actuales habitantes del país... Las cuatro grandes potencias están comprometidas con el sionismo, y el sionismo, bueno o malo, correcto o incorrecto, está anclado en antiquísimas tradiciones, en necesidades actuales y en esperanzas futuras de mucha mayor importancia que los deseos o preocupaciones de los 700.00 árabes que ahora habitan esta antigua tierra".

A buen entendedor pocas palabras y esas mostraban claramente la complicidad criminal entre un Imperio que comenzaba su ocaso, pero capaz de ocasionar daño a millones de personas, que ignoraban, en ese momento, los planes que se tejían tras los bastidores y encuentros entre el imperialismo inglés y un sionismo, que a través de su apoyo financiero a un Imperio en guerra y con sed de recursos, para llevar adelante la campaña de la Primera Guerra Mundial compró una alianza que le serviría como credencial política para intensificar su “aliyá” y pasar de tener 85 mil judíos en un territorio donde habitaban 600 mil palestinos el año 1915 a tener 600 mil colonos el año 1947 frente a un millón y medio de palestinos. Esto mediante un proceso constante  de colonización protegido por el imperio británico, hasta el último día del mandato de este sobre Palestina – a pesar de ciertos desencuentros con grupos extremistas judíos que deseaban acelerar el proceso de ocupación del territorio palestino –

Resulta indiscutible, por más que la hasbara (propaganda sionista) lo presente como un documento jurídico, que Gran Bretaña no tenía autoridad política, legal ni moral para hacer promesas de entrega o compartir objetivos coloniales de una ideología que no conocía Palestina más que por mapas, como lo demuestra el hecho que las discusiones para encontrar “un hogar nacional judío” dividían las opciones entre la Patagonia sudamericana, Uganda y el levante mediterráneo. Cuestión que obligó a los ideólogos del sionismo a buscar las razones, líneas centrales y ejes discursivos que le permitieran sostener con algo de solidez que Palestina era el destino final.

Gran Bretaña, en un absurdo histórico, en una decisión abusiva y criminal prometió entregar un territorio que no era de su propiedad a terceros – judíos europeos – cuyo vínculo con la región era inexistente- Ello implicó avalar un plan de colonización, que en esencia llevaba el signo del racismo pues implica poblar con extranjeros una tierra habitada, expulsando a la población nativa residente y creando las bases del actual sistema de apartheid que rige en la Palestina histórica para los palestinos que allí residen y brutalmente en los territorios palestinos ocupados y bloqueados del West Bank y la Franja de Gaza.

La  Declaración Balfour sirvió como marco para que el sionismo acrecentara su ambición y apetito territorial y llevar adelante allí sus planes de instalación, para aquellos que se convirtieron en creyentes enajenados de un mito que hizo práctica el control y expolio del territorio palestino. Ideología que comienza a tejer también la falsificación histórica que hiciera pensar al mundo que ellos – civilizadores occidentales con derechos de propiedad otorgados por una divinidad – lo que hacían en su discurso de convencimiento, no era colonizar, invadiendo tierras, segregar y usurpar, sino que, simplemente, estaban ocupando una tierra estéril, sin población – aunque en ella habitaran 700 mil palestinos, con tierras, cosechas, con familias que hundían sus raíces hasta el principio de la historia. Un mito en todo el sentido de la palabra, que hasta el día de hoy enseñan como dogma de fe apoyándose en excavaciones arqueológicas para demostrar su mito religioso, en procesos de aplastamiento cultural del pueblo palestino. Todo ello tuvo su proceso catalizador con la Declaración Balfour.

02
Noviembre

Al referirse a la intromisión de Estados Unidos y sus aliados en los complejos contenciosos de Medio Oriente, el viceprimer ministro ruso, Dmitri Rogozin, afirmó en una ocasión que Occidente estaba “jugando con el mundo islámico como un chimpancé con una granada”.

El arribo el miércoles del presidente Vladimir Putin a Teherán para participar en una cumbre trilateral con sus homólogos de Irán, Hassan Rohani, y de Azerbaiyán, Ilham Aliyev, no tiene un carácter azaroso ni responde a ritos protocolares. La tríada no puede ser obviada a la hora de un análisis geopolítico no sólo regional, sino de carácter global.

Rusia es el país más extenso del planeta, tiene fronteras con 14 naciones; ocupa el primer lugar como exportador mundial de gas natural y el segundo de petróleo. Sin hacer mención a su arsenal nuclear. Azerbaiyán, considerado el país soberano más grande en la región del Cáucaso, dispone de grandes yacimientos de petróleo y gas natural en dos tercios de su territorio. Por su parte, Irán significa un enclave de primer orden al encontrarse ubicado entre el Medio Oriente y Asia Central. Sus reservas de hidrocarburos (cuarta reserva de petróleo y primera de gas a nivel mundial) lo sitúan como una superpotencia energética a largo plazo.

La cumbre de Teherán abordará temas relativos al fortalecimiento de la cooperación, que se concretará en numerosos convenios. Pero estoy seguro que los estadistas analizarán a fondo la afirmación del presidente Donald Trump de que su país no puede certificar formalmente el cumplimiento por parte de Irán del pacto nuclear y pidió renegociar el acuerdo que calificó como una “vergüenza” para Estados Unidos; y exigió inspecciones a sus instalaciones militares, algo inaceptable para el país islámico.

En la víspera, el Gobierno iraní informó que se retirará del Plan de Acción Integral Conjunto, acordado en Austria en julio de 2015 en el formato 5+1 (Estados Unidos, Reino Unido, Francia, China, Rusia, más Alemania), y la Unión Europea, si Washington le impone nuevas sanciones. El documento multilateral logrado entonces, luego de ingentes esfuerzos, fue aprobado por el Consejo de Seguridad de la ONU y establece que Irán acepta las restricciones nucleares impuestas, mientras que la otra parte accede a levantar las sanciones.

¿Cuántos tratados esperan por ser desechos o “renegociados” por Trump? Quizá tantos como los colaboradores que son convocados a comparecer ante los órganos de investigación estadounidenses; las oficinas del fiscal especial, Robert Mueller; ante determinados comités del Congreso; e incluso la posibilidad de comparecer ante los tribunales de Justicia para responder por presuntos actos de perjurio, entre otros de alta gravedad, y que bordean peligrosamente a la figura del mandatario.

Sin dudas, el conflicto sirio debe tener también una atención priorizada ante el riesgo de que Estados Unidos, como se ha anticipado, y que actúa de manera ilegal en la nación árabe sin autorización de su gobierno, pretenda mantener su maquinaria de guerra en caso de que el Estado Islámico fuera derrotado.

En realidad lo que está detrás de esta trama mal tejida no es más que lo que un sociólogo ruso llamara la “globalización agresiva”, una estrategia concebida para la unificación del espacio mundial en beneficio de Washington y sus seguidores.

01
Noviembre

La inmoral aceptación en nuestra cultura del concepto social de pobreza, está siendo cuestionada por el cambio climático. Es cierto que los desastres naturales no discriminan entre ricos y pobres. Sin embargo, el saldo de la trágica temporada de huracanes en el Caribe y los recientes terremotos en México, dejó un revelador testimonio sobre quiénes son las principales víctimas.

Si se hace un inventario sobre la extracción social de fallecidos, tipo de vivienda colapsada, comunidades más dañadas y nivel de riesgo de su patrimonio ante catástrofes naturales, encontraremos entre la mayoría de los damnificados como denominador común, la pobreza.

Aún sin terminar la temporada ciclónica, un temporal con copiosas lluvias derivadas de un frente frío que azota Honduras junto a la tormenta tropical “Selma”, localizada en el Pacífico, ha dejado hasta el momento 8 personas fallecidas, 3,500 viviendas dañadas y más de 38 mil personas afectadas por desbordamiento de ríos y deslizamientos.

No es casual que Honduras con 8’041,654 personas, tenga el promedio de pobreza extrema más alto de Centroamérica, 19.6%, según el Banco Mundial (BM); mientras la Comisión Económica para América Latina de Naciones Unidas (CEPAL), da como indicador de pobreza total un 67.8%, seguidos por Paraguay, 54.8%, El Salvador, 46.6% y Colombia, 44.3%.

El destructor paso del huracán Irma por Puerto Rico, que presumía ser vitrina de Estados Unidos para atraer con su modelo de colonia democrática a países latinoamericanos y caribeños, sorprendió a la opinión pública por el alto nivel de daños ocasionados, lo que reveló su precaria superestructura y la desidia de la Casa Blanca hacia la ayuda humanitaria de su población. Más de una docena de personas fallecieron y la mayoría de las miles de viviendas colapsadas, tenían frágiles techos de madera o zinc, inequívoco emblema de pobreza. Un mes después de la tragedia, más del 50% de la población se encuentran aún sin electricidad, agua potable y dificultades en telecomunicaciones.

La atención internacional brindada a la “Isla del Encanto” por la desgracia del huracán, reveló que el 46.1% de su población de 3 millones 500 mil personas, viven en la pobreza, con un nivel de desempleo que alcanza la media del 20%. La millonaria cifra de dinero solicitado al Congreso de EU para la reconstrucción de Puerto Rico se conoce, pero el daño total aún no ha sido revelado por el gobierno colonial.

En México, la destrucción como consecuencia del terremoto del pasado 7 y 19 de septiembre, también estuvo asociado a la pobreza. De acuerdo con cifras oficiales, 369 personas fallecieron en 6 Estados y 180,731 viviendas resultaron con daños, de ellas el 28% con daño total. El Estado con viviendas más afectadas fue Oaxaca, con 63,336, de las que 21,823 (34%) sufrieron colapso total. El Gobierno Federal estimó que el sismo afectó más de 12 millones de personas en más de 400 municipios de los Estados de Chiapas, Oaxaca, Tabasco, CDMX, Edomex, Tlaxcala, Hidalgo, Puebla, Morelos y Guerrero.

Según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, CONEVAL, un 46% de la población total de México vive en la pobreza y el 9.5% en pobreza extrema. Chiapas es el Estado más pobre, con 76.2% de la población en la miseria. De ellos, 3 de cada 10 chiapanecos en pobreza extrema. Le sigue Oaxaca con 66.8%. En tercer lugar se encuentra Guerrero, con 65.2%. Entre la población indígena la pobreza es del 73.2% (8.7 millones de personas). De ellos, el 31.8% en pobreza extrema.

La relación cada vez más estrecha entre desastres naturales y pobreza, alerta a los sectores más desfavorecidos de la población a cuidar su sobrevivencia y obliga a los gobernantes a brindarles mayor atención.