13
Diciembre

Donald Trump adoptó lo que se ha calificado como una “medida incendiaria” en Medio Oriente, al reconocer a Jerusalén como capital de Israel y orientar el traslado de su embajada a la Ciudad Santa: una despedida de duelo al difícil proceso negociador para la coexistencia de dos estados: el israelí y el palestino. Los cruentos enfrentamientos no se han hecho esperar. Mientras en Israel se enarbolan carteles con la consigna “JerUSAlem”.
El viernes, en medio del rechazo de líderes de decenas de países, la Unión Europea y la Organización de las Naciones Unidas, por la decisión de Trump, el Consejo de Seguridad rechazó la propuesta considerándola violatoria de su Resolución 478 de agosto de 1980. Una de las siete adoptadas por el Consejo en las que condenó la tentativa de anexión de Jerusalén Este por parte de Tel Aviv, en transgresión del Derecho Internacional; además, llamó a los Estados miembros de la ONU a retirar sus misiones diplomáticas de Jerusalén y trasladarlas a las afueras de la ciudad.
Según los textos, la medida sería un serio obstáculo para el logro de una paz completa, justa y duradera en la región.
Los miembros permanentes del Consejo, con derecho al veto, (Rusia, China, Francia y Reino Unido), y otros miembros no permanentes, que son relevados cada dos años, aislaron a Estados Unidos en su intención, lo que provocó una airada respuesta de la representante de Washington ante la ONU, Nikki Haley.
Los debates de las razones o “sinrazones” que pudieron llevar al magnate a tal determinación están a la orden del día. Para unos, quiso cumplir con el electorado evangelista que lo habría llevado a la Casa Blanca, aunque no ganó el voto popular; para otros, trata de recuperar el territorio perdido ante el influjo de Rusia en la zona.
Creo que no hay que olvidar el consenso bipartidista respecto a Israel: el mayor aliado de Estados Unidos en Medio Oriente y uno de los más fieles a nivel mundial; ni el poder del “Lobby israelí” basado en una red global de organizaciones, algunas ocultas bajo instituciones filantrópicas o de otra “suave naturaleza”, a las cuales pertenecen desde Henry Kissinger, Paul Wolfowitz, George Soros y Colin Powell, hasta las dinastías de los Bush y los Clinton.
Bajo el Gobierno de Barack Obama se aprobó, en septiembre de 2016, el mayor paquete de apoyo -en materia de defensa y seguridad a otro país- en toda la historia de la nación. La suma destinada a Israel se elevó a 38,000 millones de dólares que recibirá a lo largo de la década 2018-2028. Tel Aviv se convirtió en el mayor receptor de “ayuda acumulada” de Estados Unidos (124,300 millones de dólares) desde la Segunda Guerra Mundial.
El Consejo de Relaciones Exteriores (CFR), una organización estadounidense, es un centro de análisis y proyección geopolítica del sionismo, que controla las 500 mayores empresas del país; y que tiene sus pilares en Wall Street y el Complejo Militar Industrial; posee también el poder mediático del lobby: CNN, CBS, NBC, The New York Times, The Washington Post, Le Figaró, The Economist, The Wall Street Journal, Le Monde, Time y Newsweek, entre otros.
Asimismo, el Comité de Asuntos Públicos Estados Unidos-Israel (AIPAC), que cuenta con más de 100,000 miembros, la Comisión Trilateral, y el Club Bilderberg, sirven al lobby judío internacional.
No se debe menospreciar el influjo de este proceso globalizador en la política exterior de Estados Unidos y de otros países.

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