08
Diciembre

En el sitio de Beirut Oeste, en 1982

Escrito por  Pedro Díaz Arcia
Publicado en Al día

Cuántas nuevas desgracias, derramamiento de sangre inocente y actos genocidas traerán a Medio Oriente la insensata decisión del “Monarca Trump” al decidir que Jerusalén será la capital de Israel. En lugar de aprovechar todas las posibilidades para una convivencia pacífica y respetuosa entre israelíes y palestinos y de otras religiones en el área, se lanza la espada sobre la mesa.

En junio de 1982 integré la reducida delegación que llegó a Beirut Oeste, bajo los incesantes bombardeos de la aviación israelí, proveniente de los barcos apostados en el Mediterráneo, las fuerzas terrestres que se habían apoderado del Aeropuerto Internacional del Líbano y las cercanías del Palacio Presidencial.

El presidente cubano, Fidel Castro, había decidido que el ministro de Relaciones Exteriores, Isidoro Malmierca, se trasladara a la región e intentara llegar a las trincheras de la resistencia contra la invasión sionista, con un mensaje de solidaridad incondicional.

En una reunión urgente, el Canciller informó del carácter secreto de la encomienda y se me designó como segundo al frente de la misión. Nos acompañaría William Haber, de origen libanés y quien hablaba perfectamente el árabe.

Esa noche partimos en una aeronave de Cubana de Aviación. Hicimos una breve escala en Berlín y continuamos hacia Irán. Entre los objetivos se encontraba lograr un alto el fuego entre Irán e Irak, envueltos en una guerra fratricida y lograr que árabes y persas se unieran contra un enemigo común: Israel, algo imposible de lograr entonces. Sin alusión a los riesgos y vaivenes en los movimientos por la zona, volamos de Teherán a Bagdad y de ahí a Damasco.

En Siria radicaban los representantes de las principales fuerzas de resistencia a la agresión sionista. En la capital, además de reunirnos con representantes del Gobierno de Hafez Assad; hicimos contacto con la Organización para la Liberación de Palestina; el Frente Democrático; y el Frente Popular: para que nos condujeran por cualquier vía a Beirut Oeste. Pero insistían, creo que por el temor de asumir tal responsabilidad, en que no había “una brecha” ni por tierra ni por mar para arribar a nuestro destino.

El presidente Fidel Castro recibía constantes partes acerca de tales dificultades; mientras estábamos en contacto con nuestro Embajador en Líbano, Jacinto Vázquez, a quien se le dijo que nos esperara en la frontera sirio-libanesa el día 20, pues partiríamos por nuestros medios. Ese mismo día recibimos un cable cifrado de Fidel; pero sospechando cuál podía ser su contenido, Malmierca decidió que no debíamos conocer su contenido. El mensaje secreto decía que no debíamos arriesgarnos en tales condiciones.

En horas de esa madrugada se recibió una llamada del despacho del presidente sirio en la que informaba que su Gobierno no asumía responsabilidad ante tal decisión.

Hasta la frontera nos acompañó nuestro Embajador en Siria, Lester Rodríguez, quien había participado en el alzamiento insurreccional del 30 de noviembre de 1956 en Santiago de Cuba. El sería nuestra retaguardia. Luego de algunos trámites, abordamos dos jeep; uno conducido por Vázquez; y el otro por Nodal, mucho más que un corresponsal de Prensa Latina, y nos dirigimos a Beirut a través de la ciudad de Trípoli, en la costa mediterránea, y de una extensa zona controlada por la Falange prosionista.

Al atardecer llegamos a Beirut Este, en la otra parte de la ciudad no cesaba el tronar de la artillería. El Palacio de Gobierno estaba cerrado. A nuestra entrada en Beirut Oeste hubo que sortear las calles ante los bombardeos.

Tan pronto nos “instalamos” en el local de nuestra Embajada se le informó a Yasser Arafat de nuestra presencia en la ciudad y la necesidad de reunirnos. La radio falangista repetía que “un contingente cubano” al frente del cual estaba el Canciller de Cuba debía haber arribado a Beirut Oeste “si algún percance no se presentaba en el camino”.

En lo que se llamó la “Noche Blanca” por la iluminación israelí para facilitar sus ataques nos trasladamos, junto a la seguridad de Arafat, a uno de sus cuarteles generales, hasta ese momento habían derribado tres de ellos. Viajábamos con las luces apagadas, haciendo señales con los faros en los puntos de control y así llegamos al refugio del presidente de la OLP.

El recibo fue muy emocionante. Al entrar a su pequeña “oficina” dijo, con fina ironía: “Ha llegado el primer Canciller árabe a nuestra trinchera”. Luego aseguró que los israelíes se llevaban en helicópteros, en redes de pesca, a cientos de niños palestinos; y nos dibujó un panorama sobre la situación. Afuera, en el piso, agotada, la seguridad descansaba un tanto.

Más tarde nos reunimos con el Secretario del Frente Democrático para la Liberación de Palestina FDLP), Nayef Hawatmeh, quien analizó el contexto, y afirmó que la mitad de sus cuadros ya habían caído en combate. Nos reunimos, además, con George Habash, dirigente del Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP); con el Secretario General del Partido Comunista del Líbano, Khaled Hadadeh, quien había lanzado la creación de un Frente de Resistencia Nacional Libanesa; en esta reunión participó Walid Joumblatt, líder druso libanés y jefe del Movimiento Nacional; así como otras figuras antisionistas.

Joumblatt, en un exabrupto inquirió: “Díganme qué harán los soviéticos”. Malmierca le respondió: “Eso se lo tiene que preguntar a ellos, diga qué necesita de Cuba”. Pero se disculpó de inmediato: “es que hemos sufrido muchas pérdidas”, y adelantó su mano hacia las nuestras. Al amanecer, la prensa dio a conocer, bajo los ataques, que la delegación cubana se había reunido con Yasser Arafat y otros miembros de la resistencia; lo que podía poner en peligro nuestra salida.

En una decisión difícil, pues habíamos sido advertidos que, de recurrir al Gobierno, cualquier cosa podría pasar, Malmierca orientó al Embajador que llamara al presidente Elías Sarquis pidiendo el envío de una patrulla que nos llevara a una reunión con él. Un par de horas después llegó el carro para guiarnos -a gran velocidad- en nuestro azaroso camino hacia el Palacio. El recorrido era básicamente a través de áreas dominadas por los falangistas. Decenas de ellos descansaban en las cunetas.

A una velocidad desenfrenada, la guardia palaciega se habría paso en medio de un desconcierto general, en tanto gritábamos: Cuba, Cuba. Luego algunos funcionarios libaneses afirmaron que los sionistas habían entendido que decíamos “Kuwait”.

Recuerdo que cuando una bomba interrumpió un proyecto de cable secreto que estaba elaborando, le dije al Ministro: “Si salimos de ésta nos debes un almuerzo en La Habana…y cumplió.

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