24
Noviembre

En pleno siglo XXI, cuando las grandes potencias se disputan, acá y allá, espacios geopolíticos para el emplazamiento de nuevas y sofisticadas armas de destrucción masiva, en medio de un arrebato retórico de constantes amenazas que ponen en riesgo cada día la seguridad internacional: un submundo ignominioso se descubre ante nuestros ojos: millones de seres sobreviven en un régimen de esclavitud.

¿Cuántos mueren en ese calvario? ¿Tantos como en las guerras de Siria, Irak, o Yemen? Es doloroso saber que 152 millones de niños son víctimas de trabajo infantil, según datos aportados por el director general de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), Guy Ryder. Mientras más de 8,500 murieron diariamente por desnutrición severa en el 2015.

Según un estudio publicado en octubre por la OIT, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y la fundación “Walk Free”, el 60% de quienes integran este ejército oneroso provienen de etnias que han sido subyugadas, de segmentos poblacionales empobrecidos y excluidos; atrapados en la trama de matrimonios forzados, la vetusta servidumbre por deudas, la prostitución, y la captación para el mercenarismo terrorista; que, por demás, vienen a sumarse a la explotación centenaria, multifacética y hegemónica del capitalismo.

Se estima que el tráfico de personas constituye la tercera mayor industria criminal del planeta, con ingresos que ascienden a 150 mil millones de dólares al año; el primer lugar lo ocupa el tráfico de drogas y el segundo el de armas, según datos de la ONU.

Pero, la preocupación de las elites financieras está inmersa en estudios que les permita ajustar el sistema capitalista a los retos de nuevas tecnologías y otras formas de acelerado desarrollo: ¿cómo lograr que sea más dúctil, más edulcorado?

En un artículo de Peter S. Goodman publicado el miércoles en el diario The New York Times, el autor aborda los esfuerzos para aplacar el populismo, consciente de que los salarios no financian las necesidades básicas de los trabajadores; ante el temor, pienso, de evitar mayores y peligrosas revueltas antisistema.

La solución, según apunta, podría estar en lo que llaman el ingreso básico universal…que sustituya al salario. Varios experimentos se realizan en diversos países, entre ellos: Canadá, Estados Unidos, España y Holanda; para conocer qué pasa cuando se entregan subsidios en efectivo, sin condiciones, a personas que ya perciben alguna forma de apoyo gubernamental. El Fondo Monetario Internacional (FMI) considera la idea como un bálsamo para la desigualdad económica; debe ser al menos para mitigarla.

Si bien para el Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, la gente quiere trabajar y no apoyos financieros; los conservadores creen que regalar dinero “libre de obligaciones” hará que crezca la tentación por el subsidio. De aplicarse la propuesta en Estados Unidos, los gastos ascenderían a tres mil millones de dólares al año, casi ocho veces más de lo que invierte en programas sociales.

Aunque en un mundo de abundancia, pero muy mal repartido, 20 millones de personas pueden morir de hambre este año; el gasto militar se incrementará a niveles insospechados; y el pragmatismo oficiará el réquiem de la polémica iniciativa.

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