25
Octubre

CIA y FBI opuestos a liberar documentos sobre asesinato de Kennedy

Escrito por  El Nuevo Herald / GLENN GARVIN Y GGARVIN@MIAMIHERALD.COM
Publicado en Al día

Si el gobierno federal cumple este jueves una promesa hecha hace 25 años y libera 30,000 documentos secretos sobre el asesinato de Kennedy, los resultados pudieran parecer un poco como un directorio telefónico de Miami de 1963.

Los archivos, en su mayoría de la CIA y el FBI, tienen miles de documentos sobre personas y organizaciones del sur de la Florida que participaron en esfuerzos por derrocar al gobierno comunista de Fidel Castro en Cuba a principios de los años 1960, cuando esa era prácticamente la principal industria de Miami.

Bajo una ley aprobada en 1992, los documentos –que supuestamente son el último grupo de archivos clasificados del gobierno sobre el asesinato del presidente John F. Kennedy– deben abrirse al público no más tarde del jueves, a menos de que el presidente Donald Trump intervenga para bloquear el proceso.

Trump tuiteó la semana pasada que aprobaría la desclasificación. Pero el Presidente creó cierto espacio de maniobra al agregar que su promesa estaba “sujeta a recibir más información”.

Eso fue una referencia al fuerte cabildeo de la CIA y el FBI por mantener secretos al menos algunos de los documentos, un esfuerzo que todavía se mantiene. “[El director de la CIA] Mike Pompeo está tratando por todos los medios de que no se publiquen”, dijo Roger Stone, aliado político de Trump desde hace mucho tiempo.

Stone también se ha dedicado a investigar el asesinato de Kennedy –en su libro del 2013 The Man Who Killed Kennedy [El hombre que mató a Kennedy] alegó que el presidente Lyndon Johnson estuvo detrás del crimen– y dijo que habló con el presidente hace una semana para alentarlo a que permitiera la liberación de los documentos.

Stone está convencido de que lo hará. Pero es imposible saber si alguno de los archivos sobre el sur de la Florida están entre los que la CIA y el FBI no quieren dar a conocer. Algunos de los investigadores del asesinato de Kennedy han dicho al Miami Herald que probablemente sí lo están.

“La CIA no está tratando de mantener estas cosas ocultas porque en los archivos hay una confesión escrita sobre el asesinato de Kennedy”, dijo Gerald Posner, de Miami Beach y autor del libro Case Closed [Caso cerrado], que alega con fuerza que el asesinato no fue el resultado de una confabulación. “Tratan de ocultarlo porque hay cosas que son embarazosas. Algo que pudiera ser embarazoso son algunas de las actividades de estos grupos anticastristas cercanos a la CIA”.

Un vistazo al Archivo Nacional, donde se guardan los documentos, revela que muchos de esos grupos, sus miembros y aliados, están vinculados con archivos clasificados. Mediante una herramienta de búsqueda digital que el Archivo tiene para controlar exactamente los documentos que posee, el Herald localizó casi 3,000 archivos vinculados con varios grupos y figuras anticastristas, aunque el contenido de esos documentos todavía es secreto:

▪ Entre el mayor grupo de documentos –más de 1,600 páginas– hay algunos sobre los exiliados cubanos anticastristas Luis Posada Carriles y Orlando Bosch, quienes vivieron en la zona de Miami al principio de los años 1960. (Bosch falleció en el 2011 y se cree que Posada Carriles todavía vive aquí).

Los dos participaron en violentos ataques contra objetivos vinculados con el régimen de Castro, incluido, supuestamente, el atentado contra un avión de Cubana de Aviación en que perecieron las 77 personas que iban en el aparato. Bosch y Posada Carriles negaron su participación y nunca han sido declarados culpables. Bosch se especializó en atentados con explosivos contra sedes diplomáticas cubanas y Posada Carriles en intentos de asesinar a Fidel Castro. Su último intento conocido, en Panamá, ocurrió en el 2000. Allí fue declarado culpable y luego lo perdonaron.

▪ Los condenados por los robos en el complejo Watergate, Virgilio González, Bernard Barker, James McCord, Eugenio Martínez y Frank Sturgis, junto con su antiguo jefe en la CIA, Howard Hunt, están mencionados en un grupo de 764 páginas de archivos. Todos esos hombres participaron en ataques de militantes anticastristas y todos vivieron en Miami en diferentes momentos a partir de los años 1960. Hunt, Barker y Sturgis ya fallecieron. Los otros viven en el sur de la Florida.

▪ Más de mil páginas de documentos clasificados mencionan a Manuel Artime, quien ayudó a planear la invasión de Bahía de Cochinos, respaldada por la CIA, en 1961 y fue capturado en Cuba. El gobierno federal pagó su liberación y se le vio junto al presidente Kennedy durante un enorme mitin de recibimiento a los capturados en la invasión y quienes después fueron liberados. Artime, quien vivía en Miami, dedicó los años siguientes a planear ataques armados contra Cuba. Falleció en 1977.

▪ Ricardo Morales, mejor conocido como el Mono Morales, se movía en el entorno conspirativo y de narcotráfico de Miami a principios de los años 1980, está mencionado en 172 páginas de documentos. Morales, un ex oficial de inteligencia cubano que desertó en en 1960, estuvo varios años bajo contrato de la CIA como oficial paramilitar, librando guerras secretas en África, entre otros lugares. Posteriormente se dedicó a combatir a Castro por su cuenta –Morales también fue acusado, aunque nunca lo declararon culpable, de participar en el atentado al avión de Cubana – y después al narcotráfico. Lo mataron a tiros en una pelea en un bar de Key Biscayne en 1982.

▪ Tony Cuesta, quien perdió una mano y un ojo durante una operación militar contra Cuba en 1966 realizada por su grupo anticastrista miamense Comandos L, pero siguió organizando ataques contra la isla hasta que murió en 1992, está mencionado en 48 páginas. Otros dos grupos anticastristas de Miami, Alpha 66 y el Directorio Revolucionario Estudiantil, figuran en 112 páginas.

Tanto Cuba como exiliados anticastristas en Miami siempre han estado cerca del centro de un amplio abanico de teorías sobre quién mató a Kennedy. El motivo de los exiliados, supuestamente, fue su furia por la falta de ayuda militar estadounidense durante la invasión de Bahía de Cochinos, particularmente la decisión a última hora de Kennedy de no autorizar el apoyo aéreo estadounidense.

El supuesto motivo de Castro es más directo: saber que el gobierno de Kennedy estaba tratando de asesinarlo con armas exóticas suministradas por la CIA, como un caracol explosivo y un traje de buceo envenenado. El dictador cubano incluso había hecho una amenaza no muy velada a un reportero estadounidense en La Habana: “Los líderes norteamericanos deben pensar que si están cooperando con los planes terroristas para eliminar a líderes cubanos, ellos mismos no estarán seguros”.

Para agregar intriga al ángulo cubano, Lee Harvey Oswald –el descontento marxista texano que disparó contra Kennedy, según la muy disputada investigación oficial realizada después por la Comisión Warren– visitó las embajadas de Cuba y de la Unión Soviética en la Ciudad de México seis semanas antes del asesinato en busca de visas para visitar los dos países.

El periodista-historiador Jefferson Morley opina que los documentos que deben darse a conocer esta semana pueden arrojar más luz sobre lo que Oswald planeaba, y más importante en su opinión, lo que la CIA sabía sobre él.

El nuevo libro de Morley, The Ghost: The Secret Life of CIA Spymaster James Jesus Angleton, ofrece evidencias de que Angleton –uno de los espías más poderosos pero a la vez más crípticos en la historia de la inteligencia estadounidense– sabía que Oswald estaba en México y seguía de cerca sus actividades.

Morley señala que 151 páginas de testimonio que Angleton hizo en secreto en 1975 a una comisión del Senado federal que investigaba las actividades de la CIA está entre los documentos que deben desclasificarse. Morley piensa que eso puede incluir material sobre la visita de Oswald a México.

“Angleton estuvo interesado en Oswald desde el principio y lo usó para propósitos de inteligencia”, dijo Morley al Herald. “A partir de estos archivos, pudiéramos conocer mucho más sobre esos propósitos”.

 

Caitlin Ostroff, redactora del Miami Herald, contribuyó a este reportaje.

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